Lo mas selecto
Lo mas selecto Para decirlo en términos marinos, la señorita Mavis se presentó a formar temprano; porque a la mañana siguiente la vi subir poco después de que yo terminara el desayuno, ceremonia en la que me las arreglé para no entretenerme. Estaba sola y Jasper Nettlepoint, por casualidad, no se encontraba en cubierta para atenderla. Fui a saludarla (como siempre, iba cargada con el chal, la sombrilla y un libro) y le coloqué la tumbona cerca de la popa del barco, donde prefería estar. Pero antes de que se sentara le propuse pasear un poco y me cogió del brazo después de que yo depositara sus accesorios en la silla. La cubierta estaba vacía a aquella hora y la luz de la mañana era alegre; producía la estimulante sensación de que las condiciones eran favorables y no había obstáculos. No recuerdo de qué hablamos primero, pero ya que pensaba en estas cosas con placer y sin ningún ánimo de atormentar o poner a prueba a mi acompañante, no pude por menos de exclamar alegremente, tras un momento, igual que, como he mencionado, hice el primer día:
—Bueno, vamos avanzando, vamos avanzando.
—Oh, sí, cuento cada hora.
—Los últimos días siempre pasan más rápido —dije—. Y las últimas horas…
—Así pues, ¿las últimas horas…? —preguntó ella, porque me había callado instintivamente.