Lo mas selecto
Lo mas selecto Se quedó ahà un rato más, mientras el crepúsculo iba borrando la lÃnea de la tierra más deprisa de lo que nuestro avance la definÃa. No dijo nada más, se limitó a mirar al frente; pero su inmovilidad alimentó en mà el deseo de decirle algo que le diera a entender mi comprensión y mi voluntad de serle útil. No se me ocurrÃa qué decir: algunas cosas me parecÃan demasiado vagas y otras demasiado inoportunas. Al final, inesperadamente, pareció ofrecerme ocasión de intervenir. Sin que viniera a cuento, abruptamente, me espetó:
—¿Me dijo usted que conocÃa al señor Porterfield?
—Ah, sÃ… Lo traté en otros tiempos. Muchas veces he querido hablarle de él.
Volvió el rostro hacia mà y, en la tarde cada vez más oscura, me pareció más pálido.
—¿Y de qué servirÃa?
—¡Vaya! SerÃa un placer —contesté alegremente.
—¿Para usted?
—Bueno, pues sÃ, digámoslo asà —dije sonriendo.
—¿Tan bien lo conoce?
Mi sonrisa se convirtió en una carcajada y dije:
—No es fácil soltarle discursos a usted.