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Cuando conseguí recobrar la compostura y ponerme, de un modo u otro, el resto de la ropa, me enteré de que no se había informado todavía a la señora Nettlepoint, a menos que la camarera se lo hubiera dicho en los últimos minutos. Su hijo, el joven caballero del otro lado del barco, lo sabía (tenía el otro camarero): mi criado lo había visto salir de su camarote y subir corriendo, justo antes de venir a verme. Había subido, estaba seguro; no había ido al camarote de la señora. Recuerdo que, cuando el camarero me lo contó, tuve una rara visión: la imagen de Jasper Nettlepoint, loco de remordimiento, saltando por la borda con agilidad juvenil. Me apresuro a añadir que semejante incidente no se produjo y no contribuyó con su horror a la misteriosa y trágica decisión de la pobre Grace Mavis. Lo que siguió fue triste, pero sólo puedo describirlo someramente. Cuando llegué a la puerta de la señora Nettlepoint, estaba allí en bata de cama; la camarera acababa de decírselo y salía a toda prisa a llamarme. Hice que regresara al camarote y le dije que iba en busca de Jasper. Fui a por él pero no di con él; en parte porque, al principio, en realidad fui en busca del capitán. Encontré a este personaje muy escandalizado, pero no me dio esperanza alguna de que estuviéramos equivocados, y su disgusto, expresado con franqueza de marino, zanjó definitivamente la cuestión. Desde cubierta, donde me limité a dar una vuelta, vi la luz de otro día de verano, la costa de Irlanda, verde y cercana, y el mar, de un color más hermoso que nunca. Cuando volví a bajar, Jasper ya había vuelto; se había ido a su camarote y su madre estaba allí con él. Allí se quedó hasta que llegamos a Liverpool: no lo volví a ver. Su madre, al cabo de un rato y a petición suya, lo dejó solo. Todo el mundo salió a cubierta a ver tierra y charlar sobre nuestra tragedia; pero la pobre señora pasó el día, muy abatida, en su habitación. Me pareció intolerablemente largo. Pensaba en el borroso Porterfield y en la perspectiva de tener que enfrentarme a él al día siguiente. Naturalmente, ahora me daba cuenta de por qué me había preguntado ella si lo reconocería; había delegado tácitamente en mí cierta agradable misión. Evité a la señora Peck y a la señora Gotch: no me sentía capaz de hablar con ellas. Pude hablar o, por lo menos, conversé un poco con la señora Nettlepoint, pero con demasiadas reservas por ambas partes para que fuera de ningún consuelo, porque preveía que de ningún modo sería oportuno mencionar a Jasper. Me vi obligado a dar por hecho, con mi silencio, que él no tenía nada que ver con lo que había sucedido; y, por supuesto, nunca llegué a saber qué había tenido que ver. El secreto de lo sucedido entre él y la extraña joven que habría sacrificado su matrimonio por él a pesar de que se conocían tan poco sigue guardado en su pecho. Su madre, lo sé, llamó a su puerta de vez en cuando, pero él se negó a dejarla entrar. Esa noche, para comportarme con cierta humanidad y sin pensarlo mucho, le dije al camarero que fuera a verlo y le preguntara si deseaba verme, y el sirviente regresó con una respuesta que repitió con franqueza: «¡Ni por asomo!». Al parecer, Jasper estaba casi tan escandalizado como el capitán.


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