Lo mas selecto
Lo mas selecto El tren se retrasó media hora y el camino desde la estación se hizo más largo de lo que había supuesto, de manera que cuando llegó a la casa los huéspedes se habían dispersado a fin de vestirse para la cena y lo condujeron directamente a su habitación. En aquel refugio las cortinas estaban corridas, las velas lucían encendidas, el fuego brillaba y, en cuanto el criado se apresuró a sacar la ropa de la maleta, aquel lugar pequeño y cómodo resultó atractivo: parecía prometer una casa agradable, gente diversa, charlas, conocidos, afinidades, por no mencionar el ambiente cordial. Su profesión lo absorbía demasiado y no podía hacer muchas visitas al campo, pero había oído decir a personas que tenían más tiempo que había casas que «te hacen mucho bien». Preveía que los propietarios de Stayes le harían mucho bien. Por lo general, en cuanto ocupaba su dormitorio en una casa de campo, lo primero que hacía era mirar los libros de la estantería y los cuadros colgados en la pared; creía que esos objetos daban cierta medida de la cultura e incluso del carácter de los anfitriones. Aunque en esta ocasión tenía poco tiempo para dedicarles, una inspección somera le reveló que, si bien la literatura, como de costumbre, era sobre todo americana y de género humorístico, el arte pictórico no consistía en ejercicios infantiles de acuarelas ni en grabados «monos». Las paredes estaban adornadas con litografías antiguas, principalmente retratos de caballeros rurales con cuellos altos y guantes de montar: eso sugería —y era alentador— que la tradición del retrato se tenía en alta estima. En la mesilla de noche se encontraba la habitual novela de Le Fanu; la lectura ideal en una casa de campo después de medianoche. Oliver Lyon apenas pudo abstenerse de empezarla mientras se abotonaba la camisa.