Lo mas selecto
Lo mas selecto Era un grupo numeroso, veinticinco personas; era raro que lo hubieran invitado también en aquella ocasión, pensó. No estarÃa rodeado de la tranquilidad que vela por el buen trabajo; sin embargo, nunca habÃa interferido en su obra la contemplación del espectáculo de la vida humana en sus ratos de ocio. Y, aunque él no lo sabÃa, en Stayes nunca reinaba la tranquilidad. Cuando trabajaba bien se encontraba en ese estado de felicidad —el más feliz de todos para un artista— en el que todo contribuye y encaja con la idea concreta, la respalda y justifica, de manera que el artista cree por unos momentos que nada en el mundo puede sucederle, aunque sea bajo la apariencia del desastre o el sufrimiento, que no contribuya a mejorar el objeto de su interés. Además —ya lo conocÃa por experiencia—, le estimulaban los cambios rápidos de escena, el salto, en la penumbra de la tarde, desde el brumoso Londres y su estudio, tan familiar, a un lugar tan animado, en el centro de Hertfordshire, a una pieza teatral en pleno desarrollo, una obra con mujeres hermosas y hombres notables, con orquÃdeas maravillosas en jarrones de plata. Observó, como hecho no carente de importancia, que una de esas mujeres hermosas estaba junto a él: un caballero se sentaba al otro lado. Pero no se interesó todavÃa por sus vecinos: estaba ocupado buscando a sir David, al que no habÃa visto nunca y por el que sentÃa una curiosidad razonable.