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Arthur Ashmore era un caballero inglés de mejillas lozanas y ancho cuello, pero no era un tema interesante; podría haber sido granjero o banquero: habría sido muy difícil retratar sus peculiaridades. Su esposa tampoco daba la talla: era una mujer grande, brillante, negativa, que, al igual que su marido, tenía aspecto de ser de algún modo tremendamente nueva, como si estuviera recién barnizada (Lyon no era capaz de saber si era por la tez o por el traje), y uno tenía la sensación de que merecía ya un marco dorado, como si fuera una referencia en un catálogo o una lista de precios. Parecía ya un retrato malo pero caro, hecho sin esmero por una mano eminente, y a Lyon no le apetecía copiar esa obra. La mujer hermosa de la derecha estaba ocupada con su acompañante, situado un puesto más allá, y el caballero de la izquierda parecía encogido y asustado, de modo que Lyon pudo entretenerse en su diversión favorita de mirar una cara tras otra. Esta diversión le deparaba el mayor placer que conocía, y con frecuencia pensaba que era una suerte que la máscara humana lo interesara y que ésta fuera tan rica (si bien algunas veces apenas alcanzaba los requisitos mínimos), puesto que tenía que ganarse la vida reproduciéndola. Aunque Arthur Ashmore no fuera un personaje que le apeteciera pintar (le inquietaba que, si acertaba en el trabajo con su suegro, a la esposa de Arthur se le metiera en la cabeza que había demostrado ser digno de aborder[25] a su marido) y aunque fuera una página sin puntuación (con buena impresión y márgenes), no dejaba de ser una superficie irisada, refrescante. Pero el caballero situado cuatro personas más allá… ¿quién era? ¿Podía ser un tema interesante o su rostro no era más que una placa en la puerta, la enseña legible de su identidad, bruñida con escrupulosos lavados y afeitados, el dato mínimo por el que era decente conocerlo?


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