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—¡Pero bueno, primo Raymond! ¿En qué está usted pensando? ¡Pero si sólo tiene dieciséis años!

—Ella me dijo que tenía diecisiete —contestó el joven como si eso supusiera gran diferencia.

—Bueno, recién cumplidos —contestó la señora Temperly en tono de quien hace una concesión generosa y razonable.

—Bien, es muy buena edad para mí. Soy muy joven.

—Es usted lo bastante mayor para ser juicioso —señaló la señora con una voz suave y grata que siempre quitaba hierro a los reproches, lo que permitía que uno se los tragara como una ciruela cocida y sin hueso—. ¡Pero si ella ni siquiera ha terminado su educación!

—A eso me refiero —dijo su interlocutor—. Si se casara conmigo sería una buena forma de terminarla.

—¿Y ha terminado usted la suya, querido? —preguntó la señora Temperly—. ¡Cómo hablan del matrimonio los jóvenes! —exclamó, mirando al funcionario ambulante que, con una larga vara, encendía las farolas de gas del otro lado de la Quinta Avenida. La pareja estaba de pie, frente al hueco de una ventana, en una de las grandes salas públicas de un inmenso hotel, y el día de octubre iba oscureciendo.


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