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Para su sorpresa, la primera persona en entrar fue Effie, convertida en una joven tan bonita que le habría costado reconocerla. Era rubia, era graciosa, era encantadora y, cuando entró en la habitación, sonrojada y sonriendo, colocándose las cintas de una delicada toilette de jeune fille[39] parisina, avanzó como si flotara en algún líquido. Parecía esperar verlo sorprendido y, como para justificarse por llegar la primera, dijo:

—Mamá me ha dicho que viniera, sabe que está usted aquí y me ha dicho que no tenía por qué esperar.

En los minutos siguientes, antes de que llegara nadie más, repitió varias veces que actuaba siguiendo las indicaciones de mamá. Raymond se dio cuenta de que no sólo era el traje, sino que tenía otros atributos de una jeune fille. Como digo, charlaron, si bien con cierta dificultad porque Effie no le hizo ninguna pregunta y, en esas circunstancias, le resultaba un poco incómodo ir dándole información. Además era tan bonita, tan exquisita, que estas cualidades lo desconcertaban. Le parecía como si Effie, en lugar de convertir en realidad la profecía, la hubiera falseado. Él había predicho que así sería; la única diferencia estribaba en que había ido mucho más lejos. Effie no preguntó sobre su llegada, la familia de Estados Unidos ni sus planes; y cruzaron vagas observaciones sobre los cuadros, casi como si se vieran por primera vez.


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