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En ese intervalo de tiempo sucedieron dos cosas; una de ellas fue que conocí a la señora Brash y la otra que la señora Munden me buscó, abriéndose camino entre la gente, con una de sus noticias habituales. Lo que tenía que comunicarme era que acababa de preguntarle a Nina si ya había fijado conmigo las condiciones de nuestras sesiones de posado, y ella le había contestado, con algo similar a la perversidad, que no tenía intención de fijar nada, que todo el asunto quedaba suspendido de nuevo y que prefería, por el momento, que no la apremiaran más. Como es natural, la señora Munden me preguntaba qué había pasado y si yo lo entendía. Oh, yo lo entendía perfectamente y lo que al principio me quedó más claro fue que, incluso después de introducir el nombre de la señora Brash en la conversación, la señora Munden seguía sin entenderlo. Se sorprendió casi tanto como lady Beldonald al oír en cuán alta estima tenía yo el físico de la señora Brash. Se quedó estupefacta al enterarse de que, en mi entusiasmo, acababa de proponer a la dueña de ese rostro que posara para mí. No obstante, reaccionó al instante, cosa que lady Beldonald no hizo nunca. En realidad, la señora Munden era magnífica; porque después de que yo le dijera rápidamente: «¡Pero bueno, si es que es un Holbein!», ella, tras un momento de estupor, lo aceptó con un inmediato e insondable «Ah, ¿de veras?», muestra de gimnasia social que la honraba en grado sumo; y fue, sin duda, la primera persona de Londres en difundir la nueva. Fue un magnífico cambio de dirección. Pero debo añadir que también fue la primera en ver lo que sucedería, aunque no me lo expuso hasta pasadas una o dos semanas.


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