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—¡Por supuesto! —el matiz de duda hizo que, por fin, se levantara con impaciencia, y Bates, antes de salir de la sala, quizá captara la fina ironía del comentario que su señora dirigió al caballero en comunión con el cual se encontraba hasta que el mayordomo los había interrumpido—. ¿Y por qué no iba a…? ¡Qué manera es ésta de…! —exclamó ella mientras Sutton sentía junto a la mejilla el paso de los ojos de la señora Grantham en dirección al espejo que él tenía a su espalda.

—Bates no estaba seguro de que quisiera usted ver a nadie.

—Yo no veo a «nadie». Veo a individuos concretos.

—Eso es; y, algunas veces, no los ve.

—¿Lo dice por usted? —preguntó mientras se colocaba en su sitio un mechón en forma de zarcillo—. Ahí está, precisamente, la impertinencia de Bates; y ya hablaré con él de este asunto.

—No lo haga —dijo Shirley Shutton—. No se fije nunca en nada.

—Buen consejo el que me da usted —dijo ella riendo—. ¡Usted, que se fija en todo!

—Ah, pero no digo nada.

Ella lo miró un momento.

—Es usted todavía más impertinente que Bates. Le ruego que no se mueva —prosiguió ella.


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