Lo mas selecto
Lo mas selecto La capital británica le pareció un mundo extraño y gris, donde la gente, en más de un sentido, andaba iluminada por una luz tenue; pero él era, por fortuna, de tal talante que la impresión, cuando ésta se producía, nunca lo decepcionaba, e incluso lo peor le proporcionaba tanto entretenimiento como lo mejor. Además, la señora Bracken lo cedió a otras personas y, mientras en los días de abril la oscuridad iba atenuándose, se encontró con el consuelo de verse comprometido con un par de nuevos modelos. Eso lo dejó sin trabajo durante más de otro mes, pero, mientras tanto, como él decía, vio muchas cosas: muchas cosas sobre las que, con frecuencia y con muchos recursos expresivos, escribía a Addie. Ella también escribía a su amigo ausente, pero breves fragmentos, y hacía ya tiempo que él había aceptado las razones de Addie para tal escasez. Ella tenía otro juego para su pluma, igual que, afortunadamente, otra remuneración; una colaboración regular con un «destacado periódico bostoniano», contactos esporádicos con diarios tal vez, ellos mismos, también esporádicos, y, sobre todo, tenía el pensamiento absorto, en ocasiones, hasta excluir todo lo demás, en el estudio del relato breve. Este último era su principal interés desde dos o tres años después de que él se concentrara en el misterio de Carolus[68]. Sin duda, Addie estaba más inmersa en sus asuntos de lo que él lo había estado nunca, y él había terminado por aceptar la sensación de que, para avanzar, ella navegaba con más trapo. Hasta aquel momento, Granger no había prestado especial atención a lo poco que había progresado él en su carrera, pero el modo en que Addie había avanzado —y, evidentemente, seguiría haciéndolo— estaba, por así decirlo, en boca de todos. Había publicado treinta relatos y nueve artículos descriptivos. Los tres o cuatro retratos que él había pintado de gruesas señoras americanas —eran todas gruesas, todas señoras y todas americanas— hacían un pobre papel comparados con esos triunfos; especialmente desde el momento en que Addie había empezado a insinuar que ya era hora de que volvieran a su país. En el mundo transatlántico parisino surgía una y otra vez la idea de que América se había vuelto más interesante desde su partida. Addie prestaba atención a aquel rumor y, tan llena de conciencia como lo estaba de buen gusto, patriotismo y curiosidad, con frecuencia se lo había propuesto francamente en un tono que él, que era neoyorquino, reconocía como el énfasis típico de Nueva Inglaterra.