Lo mas selecto
Lo mas selecto Se encontraban, como de costumbre, en el jardín, y a él todavía no se le había ocurrido pensar que, si fuera sólo un feliz sinvergüenza, habría una buena manera de protegerla. Como ella no quería ni oír hablar de que él dejara de cuidarse, había ido a la casa a buscar un chal determinado que era justo lo propio para que se tapara las rodillas y, parpadeando en la acuosa luz solar, había regresado con éste a través de la pequeña extensión de fino césped. Él no era necio ni idiota, pero casi tuvo que imponerse como una tarea resistir la sensación de absurda ventaja que tenía sobre ella. Lo llenaba de horror e incomodidad, lo hacía pensar en cosas raras, le recordaba algo de la enamorada señorita Harriet de Maupassant y su trágico destino. Existía la absurda posibilidad —sí, él tenía los hilos en la mano— de quedarse con el tesoro. Aquél era el arte de la vida, lo que un verdadero artista haría sistemáticamente. Cerraría la puerta a la impresión, la trataría como un museo privado. Vería que podía demorarse y quedarse, vivir con aquellas cosas maravillosas, descansar allí para recuperarse. Por su parte, estaba seguro de que no tardaría mucho en poder pintar allí, trabajar en un registro en el que nunca había pensado. Cuando ella le trajo la manta, la cogió e hizo que se sentara en el banco y siguiera tejiendo; después, tras colocarse detrás de ella con una carcajada, se la puso sobre los hombros; a continuación se dedicó a pasear de un lado a otro delante de ella, con las manos en los bolsillos y el cigarrillo en los dientes. Le daba vergüenza el cigarrillo: era una infame nota falsa; pero la señorita Wenham le permitía que fumara, le gustaba, le rogaba que lo hiciera, y él le había dicho sobre el tabaco, en una de las bromas que ella pasaba por alto con benevolencia, que lo hacía por temor a hacer algo peor. Aquello no hacía más que indicar que el final se acercaba.