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__ III __

Después de que se marchara y la señora Dyott preguntara con sinceridad a su amiga si lo había encontrado grosero o crudo, Maud contestó, aunque no inmediatamente, que sólo había temido mostrar en exceso lo encantador que le parecía. Pero, si la señora Dyott prestó atención a la frase, fue para intentar captar su sentido.

—¿Y cómo puedes mostrarlo en exceso?

—Porque tengo la sensación de que así es como muestro siempre todo. Quizá te parezca absurdo —prosiguió la señora Blessingbourne—, pero nunca sé, en estas discusiones tan vehementes, qué extraña impresión puedo dar.

Su interlocutora la miró divertida.

—¿Ha sido vehemente?

—Sí, lo ha sido —confesó Maud con franqueza.

—Entonces, es una pena que estuvieras tan equivocada. El coronel Voyt tiene razón, ¿sabes?

Al oír esto, la señora Blessingbourne movió lenta y suavemente la cabeza con el silencioso gesto de negación al que recurría a menudo y que, acompañado con una expresión alegre, a pesar de la sonrisa obstinada, tenía una gracia especial. Su amiga, tras mirarla de arriba abajo, pareció impresionada por esa gracia; sin embargo, no tanto para que, al minuto siguiente, no tomara una decisión.


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