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—Oh, no, no tenemos nada de eso, ¿por quiénes nos tomas? —sin embargo, aquello sólo era una broma del buen ánimo de Gedge: la forma en que el abatimiento y el humor le servían para expresar su amargura por los gustos literarios de Blackport. Nadie los conocía como él. En realidad, le parecían un signo tan ominoso que el aliciente de la idea de marcharse se reforzaba con la idea de escapar de ellos. Por supuesto, la institución a la que servía no merecía el reproche en el que había florecido su ironía; y lo cierto era que si las diversas colecciones en que se presentaban sus Obras estaban un poco polvorientas, el polvo también era, en cierto modo, culpa suya. Para compensarlo, se vio dedicando inmediatamente todo su tiempo a su estudio; se vio encendido con una nueva pasión, comentando y cotejando textos con empeño. La señora Gedge, que había sugerido que deberían, hasta que llegara el momento del traslado, leer al Autor por las tardes —sin duda, como lo harían todavía más cuando estuvieran cerca de Él—, también sentía, a su manera, el hechizo; de modo que el período más feliz de su inquieta vida quizá fuera la serie de horas a la luz de la lámpara, tras la cena, en las que, tomando el libro alternativamente, declamaban, casi representaban, a su autor benefactor: su amigo personal, su luz universal, su divinidad y autoridad definitiva. Se preguntaban ya dónde estarían sin él. Cuando el nombramiento llegó de manera oficial, su relación con él se había desarrollado inmensamente. A Morris Gedge le hacía gracia que, en fechas tan recientes, se hubiera ruborizado por su ignorancia y así se lo comentó a su esposa durante la última hora que pudieron dedicar a su estudio, antes de dirigirse, tras cruzar medio país, al escenario de su romántico futuro. Era como si, en latidos profundos y frecuentes, en frías olas que rompían de repente y bañaban su pensamiento, le hubiera llegado toda la posesión, comprensión y apoyo, toda la verdad, la vida y la historia, y todo aquello le hubiera llegado, como dicen los periódicos, para quedarse.


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