Lo mas selecto
Lo mas selecto Si la dulzura de los meses preliminares habÃa sido grande, grande también, aunque casi excesiva como agitación, fue la maravilla de estar de veras alojados con Él, pisar dÃa y noche allà donde Él habÃa puesto los pies, tocar los objetos o, en cualquier caso, las superficies, las sustancias sobre las que sus manos habÃan jugado, que sus brazos, sus hombros habÃan rozado, el aire —o algo no muy distinto— en el que Su voz habÃa vibrado. Al principio tuvieron breves momentos de aturdimiento, de desconcierto; el lugar era, al mismo tiempo, más humilde y más impresionante de lo que habÃan imaginado, más semejante a una casita de campo y a un museo, un poco más arcaico y desnudo y un poco más rico y oficial. Pero estaban convencidos de que los esperaba, con paciencia e indulgencia, el ángulo en que inevitablemente todos los términos se unirÃan; además, desde la primera noche, después del momento de cerrar, cuando el último e inexpresivo peregrino se hubo marchado, el hechizo, la presencia mÃstica —como si la tuvieran para ellos solos— era ya todo lo que podrÃan haber deseado. HabÃan recibido, por atención de Grant-Jackson, además de una lista de instrucciones y consejos, que, por su número, y, en algunos casos, por su naturaleza, habÃa hecho que se sintieran un poco deprimidos, varias guÃas, manuales, homenajes de viajeros, escritos conmemorativos y otras publicaciones de tres al cuarto destinadas a la venta que, sin embargo, por el momento, engullirÃa el interesante episodio de su instalación o iniciación, prevista de antemano para ellos por varias personas cuya conexión con el establecimiento era, en tanto que superior a la de ellos, todavÃa más oficial, y, en especial, por una de las señoras que durante tantos años habÃa cargado con el trabajo. Gedge habÃa mantenido cierta reserva sobre las instrucciones que venÃan de más arriba, sobre los libros baratos, los hechos conocidos y sobre aquella leyenda tan hinchada, sobre la supervisión, el sometimiento, la imagen de una jaula en la que podrÃa circular y el raÃl por el que podrÃa deslizarse; pero de repente pareció abandonarlo todo poder de reacción en presencia de su predecesora, tan visiblemente competente, y por efecto de los buenos oficios de ésta. Él no tenÃa el recurso, del que sà disfrutaba su mujer, de imaginarse con impaciencia vestido de seda negra con un estilo caracterizado por el tono justo de austeridad; de manera que aquella persona de mediana edad firme, desenvuelta, experta y totalmente respetable lo tenÃa, en cierto modo y en todos los aspectos, por completo a su merced.