Lo mas selecto
Lo mas selecto La paciencia fue necesaria para el particular tipo de prueba que, cuando la temporada de animación estuvo de nuevo con ellos, se destacó como la más dura: la inmensa asunción de veracidades y santidades, de la solidez general de la leyenda con que llegaba todo el mundo. Sin duda, Gedge estaba bien preparado para hacerle frente y daba todo lo que tenía; sin embargo, algunas veces creía percibir un vago resentimiento por parte de sus peregrinos porque no les suministraba mayores dosis. En los relativamente ociosos meses de invierno, había empezado a irritarse cuando aparecía un peregrino solo. El piadoso individuo, entretenido durante media hora, algunas veces parecía ofrecerle la promesa de entretenimiento o la apariencia de una relación personal; rememoraba las pocas visitas agradables que había recibido en el curso de una vida casi desprovista de interés social. Algunas veces le gustaba la persona, su cara, su manera de hablar; un hombre educado, un caballero, no uno de la manada; una mujer elegante, despistada, fortuita, poco consciente de su presencia, pero que, mientras rondaba por la casa, hacía que se preguntara quién era. Estas oportunidades suponían para él sutiles anhelos y débiles revuelos; en realidad, actuaban dentro de él de una manera especial, extraordinaria. Le habría gustado hablar con esos acompañantes ocasionales, hablar de verdad con ellos, hablar como podrían haber hablado si se hubieran encontrado allí donde él no podría encontrarlos: en una cena, en el «mundo», en una visita a una casa de campo. Entonces él podría haber dicho —siempre sobre el santuario y el ídolo— cosas que en ese momento no podía decir. La forma en que, por primera vez, se manifestó su irritación fue cuando empezó a sentirse obligado a decirles —tanto al visitante ocasional, incluso cuando era comprensivo, como al grupo boquiabierto— las cosas concretas, en torno a una docena atroz, que esperaban. Si había llegado a considerarlas atroces, la causa se remitía a un punto que, tras sopesar durante un tiempo, eludió, evitó y desoyó. El punto en cuestión era que estaba en camino de convertirse en dos personas muy distintas, la pública y la privada, y que, de alguna manera, tenía que conseguir que ambas vivieran juntas. Estaba separándose en dos mitades, sin lugar a dudas; él, que en todas las circunstancias siempre se había mostrado tan entero, tan sólido. Una de las dos mitades, o, tal vez, puesto que la división prometía ser bastante desigual, uno de los cuartos, era el guardián, el hombre del espectáculo, el sacerdote del ídolo; la otra parte era el pobre hombre, sincero y fracasado que siempre había sido.