Lo mas selecto
Lo mas selecto Independientemente de lo que hubiera dicho Lionel a su mujer aquella noche, ésta había dado con alguna respuesta: Laura se daba cuenta de ello, no tanto porque constatara algún cambio en la expresión simple del rostro pequeño y colorado de Lionel y el vano trajín de su existencia como por los aires que se daba Selina. Tenía mejor aspecto que nunca, la cintura más estrecha, la espalda más recta y la caída de los hombros más hermosa; los ojos almendrados eran más extrañamente encantadores y su manera de separar los codos del costado le permitía exhibir mejor sus bellos brazos. Así flotaba, con una serenidad que no alteraba la lentitud general, a través de su interminable sucesión de compromisos. Sus fotografías no se podían comprar en Burlington Arcade, a eso no llegaba; pero se parecía más que nunca a cómo habrían sido éstas si se vendieran allí. En algunas ocasiones, Laura pensaba que la inconstancia de su cuñado era demasiado frívola para ser espontánea: y eso la inquietaba con la conciencia de mayores peligros. Era como si Lionel hubiera estado cavando en la oscuridad y ahora todos fueran a caer en el agujero. Incluso se le ocurrió pensar si todo lo que le había contado aquella tarde en que la encontró en la sala de las clases no había sido una torpe broma, un tosco deseo de asustarla, como el de un niño jugando con una sábana en la oscuridad; o tal vez se debiera al coñac con soda, lo que venía a ser lo mismo. Fuera lo que fuere, debía reconocer que no había vuelto a ver esa manifestación del coñac con soda. Sin embargo, más sorprendente era la capacidad de Selina para recuperarse de los sobresaltos y perdonar acusaciones; besaba de nuevo —besaba a Laura— sin lágrimas y le planteaba preguntas relacionadas con un cambio en la guarnición de la comida y de las flores de la cena, con tanta ingenuidad —e interés— como si nunca se hubieran formulado preguntas más intensas. No se volvió a mencionar al capitán Crispin; ni, por supuesto, se le volvió a ver, al menos en lo que a Laura respectaba. Pero apareció lady Ringrose; fue a pasar dos días, durante una ausencia de Lionel. Para su sorpresa, a Laura no le pareció una Jezabel sino una mujer menuda e inteligente con monóculo y cabello corto que había leído a Lecky[8] y era capaz de darle consejos útiles sobre las acuarelas: esta reconciliación animó a la joven, porque en aquel momento ese camino le parecía el que debía cultivar.