Lo mas selecto
Lo mas selecto Lo conservó todo el verano, pero en ocasiones tenía la rarísima conciencia de la desproporción entre su rabia secreta y el espíritu de aquellos que generaban la fricción. Se decía —tan dolido como sensible— que Ellos eran ferozmente gregarios y, al mismo tiempo, los veía como individuos afables. Se decía que eran afables porque él también lo era: se gloriaba de serlo en grado sumo, teniendo en cuenta lo que podría ser; y que, tal como su mujer le había advertido, no tardaría en tener noticias si se apartaba una pizca de la línea que se le había trazado. Aquélla era la necedad colectiva: era capaz de pasar en un instante de un resentimiento general a uno particular. Puesto que el menor rasgo de criterio propio haría que lo echaran sin piedad, era absurdo, reflexionaba, calificar de ligera su incomodidad. Estaba amordazado, estaba acosado, como algunas veces lo manifestaba con una extraña y silenciosa mirada en omnívoras compañías. Si no iba con cuidado, también lo echarían por eso. Pero ¿acaso no era cruel, cuando uno no podía ni callar? No permitirían que uno guardara silencio, insistían en que se comprometiera. Era la libra de carne[72]: la tendrían, por eso sangraba bajo la ropa. Pero, de manera excepcional, una tarde de finales de agosto cayó sobre él una paz maravillosa. La tensión, como de costumbre, había sido alta, pero había ido disminuyendo con el paso del día, y el lugar estaba ya vacío antes de que llegara la hora de cerrar. Sucedió que unos pocos minutos antes de la hora, se presentaron un par de peregrinos a los que, en situación normal, les habría dicho que lamentaba comunicarles que era demasiado tarde. Después se preguntaría por qué, al ver a los visitantes —un caballero y una dama, atractivos y bastante jóvenes—, las circunstancias le habían parecido distintas a las ordinarias; se debía, sin duda, a algo difuso y magnífico, algo, por ejemplo, en el tono del joven o en la luz de sus ojos, tras oír la afirmación sobre la hora.