Lo mas selecto
Lo mas selecto LlovÃa, al parecer, pero a ella le daba igual: se pondrÃa unos zapatos recios e irÃa andando hasta Plash. SentÃa tal inquietud y desazón que le resultaba doloroso; unas voces extrañas la asustaban —pronunciaban las insinuaciones más siniestras— en las habitaciones vacÃas de la casa. IrÃa a ver a la vieja señora Berrington, a la que apreciaba porque era muy sencilla, y a la anciana lady Davenant, que pasaba con ella unos dÃas y le parecÃa interesante por motivos que nada tenÃan que ver con la sencillez. Después, regresarÃa para el té de los niños: le gustaba aún más la última media hora de clase, con el pan y la mantequilla, las velas y el rojo fuego, los pequeños arrebatos de confianza de la señorita Steet, la institutriz, y la compañÃa de Scratch y Parson (cuyos motes inducÃan a creer que se trataba de perros), sus pequeños y magnÃficos sobrinos, cuya carne era tan firme y, sin embargo, tan suave y cuyos ojos resultaban tan encantadores cuando oÃan contar cuentos. Plash era la casa que tenÃa la viuda en usufructo y estaba situada a una milla y media de Mellows, al otro lado del parque. Al final resultó que no llovÃa, aunque lo habÃa hecho; sólo quedaba un aire gris sobre el verde intenso y profundo y un agradable olor húmedo, a tierra; los paseos estaban lisos y duros, y la expedición no era muy ardua.