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Incluso Gedge se había dado cuenta en aquel momento de que lo había hecho muy bien; ningún oyente, entre tantos miles, lo había encontrado tan inspirado. La extraña timidez, ligeramente alarmada, de los dos rostros —como si en un salón de su «buena sociedad» de repente se hubiera mostrado alguna actitud incongruente, algo que rozara lo indecente, y les costara percibir aquella realidad dolorosa—, en definitiva, el efecto visible que había causado en sus amigos le hizo llegar a la conclusión de que eran dignos de la broma. La cosa ya salía sola: tan bien la sabía de memoria, pero quizá nunca le había salido tan bien, con el rancio contenido tan disfrazado, el interés tan renovado y la unción clerical que exigía el personaje de sacerdote tan bien destilada. El señor Hayes de Nueva York había mirado a su mujer más de una vez y la señora Hayes de Nueva York había mirado a su marido pero, hasta el momento, sólo de soslayo, con unos ojos que no había sido fácil despegar del extraordinario semblante mediante el cual su interlocutor los mantenía absortos. Sin embargo, en aquel momento, tras un cruce de miradas menos furtivo, insinuaron un gesto con el que indicaban que no había apelado a ellos en vano.

—¡Estupendo, estupendo, señor Gedge! —exclamó el señor Hayes—. Me parece que lo hemos encontrado inspirado.


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