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—Bueno, pues los hombres muy importantes —dijo su mujer— son horribles.

—¡Eso es exactamente lo que estamos averiguando! —rio él—. Pero no debo hacerlo esperar. Nuestros amigos aquí presentes están directamente interesados. No debes permitir que se vayan antes de que sepamos algo.

Sin embargo, el señor Hayes lo retuvo y no pudo marcharse.

—Tenemos un interés tan directo que quisiera decirle una cosa: si sucediera algo…

—¿Sí? —preguntó Gedge amablemente al ver que vacilaba.

—Bueno, tendremos que colocarlo en algún sitio.

La señora Hayes coincidió rápidamente.

—¡Oh, sí! Acuda a nosotros.

Una vez más, no pudo hacer otra cosa que mirarlos. Eran, sin duda, unas magníficas personas. ¡El señor y la señora Hayes! Aquello afectó incluso a Isabel, a pesar de su alarma; sin embargo, el bálsamo, en cierto modo, parecía presagiar la herida. Gedge había alcanzado la puerta de sus dependencias; se detuvo allí como si fuera la puerta de la sala del juicio. Pero se echó a reír: al menos, podía ir a oír su sentencia como un valiente.

—Muy bien, entonces ¡acudiré a ustedes!


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