Lo mas selecto
Lo mas selecto Gedge era consciente, sin conocer el motivo, de que el anuncio hecho por su mujer lo había dejado helado; pero no acababa de entender por qué lo había helado de aquel modo. Sus buenos amigos también habían quedado visiblemente afectados, y el cielo sabía que las profundidades donde meditaba sus especulaciones eran fáciles de estimular por contacto. Si querían una crisis, la habían encontrado, aunque ya habían anunciado antes su intención de retirarse. Pero Gedge no quería permitirlo.
—¡Ah, no! Tienen que quedarse y ver qué pasa.
—Pero no podremos soportarlo, ¿sabe? —dijo la joven—, si el resultado es que los echan.
Su crudeza era muestra de su sinceridad, y fue esta última, sin duda, lo que detuvo a la señora Gedge.
—Es para echarnos.
—¿Se lo ha dicho, señora? —preguntó el señor Hayes: era asombroso cómo el soplo de la fatalidad los había unido.
—No, no me lo ha dicho, pero hay algo en él (me refiero a su horrible actitud) que encaja demasiado bien con otras cosas. Ya hemos visto muchas otras cosas —dijo, pálida, la pobre señora.
La joven casi la agarró.
—¿Y es muy horrible su actitud?
—Es sólo la actitud de un hombre muy importante —intervino Gedge.