Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Fue tal vez singular que tras este incidente Maisie no hiciera ninguna pregunta más sobre el señor Perriam, y fue aún más singular que al cabo de una semana ya se hubiese enterado de todo lo que no había querido preguntar. De lo que se enteró más en especial —y la información le llegó, sin haberla solicitado, directamente de la señora Wix— fue de que a Sir Claude le iban a gustar muy poco las visitas de un millonario que hacía constantes incursiones en las habitaciones privadas de la señora de la casa. Lo poquísimo que le iban a gustar lo certificó el hecho de que bajo la influencia de dichas visitas la discreción de la señora Wix se derrumbase por completo: ésta fue capaz de mudar de lealtad, capaz, ante el altar de la decencia, de una desesperada inmolación de milady. En el enfrentamiento contra la señora de Beale, como dio a entender la señora Wix más de una vez, había estado dispuesta a secundar a milady, pero contra Sir Claude no iba a hacerlo en absoluto. Fue extraordinario el número de cosas de las que, siguiendo sin hacer pregunta alguna, se había enterado Maisie para cuando su padrastro regresó de París; éste regresó trayéndole a ella un magnífico equipo para pintar con acuarelas y a la señora Wix, debido a un lapsus que habría sido cómico si no hubiese sido una pizca desconcertante, un segundo paraguas aún más elegante. Se había olvidado por completo del primero, aquél que la señora Wix, después de envolverlo tantísimo como si se hubiese tratado de una momia faraónica, por nada del mundo se habría atrevido a profanar usándolo. Maisie se enteró sobre todo de que aunque ahora la institutriz, merced a lo que ella llamaba un entendimiento tácito, se había enrolado en el «bando» de Sir Claude, aún no le había dicho a éste una sola palabra acerca del señor Perriam. Este último caballero se convirtió, por consiguiente, en una especie de próspero secreto a voces, desde las profundidades del cual institutriz y educanda se dedicaron a mirarse significadoramente a partir del momento en que les fue restituido su amigo. Su amigo les fue restituido con generosa abundancia, y fue notorio que, aunque él había parecido sentir la necesidad de guarecerse contra el riesgo de que le endosaran demasiado perentoriamente retoños ajenos, ahora se exponía más que nunca a la suposición de haber hecho concebir esperanzas.