Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Si todo se había convertido ahora, a aquel respecto, en una cuestión de bandos, al menos se contaba con una serie de indicaciones para poder saber en cuál militaba cada uno. Maisie, como es natural, dado lo delicado de su posición, no militaba en el de nadie; pero Sir Claude tenía toda la pinta de hacerlo en el de ella. Si, consiguientemente, la señora Wix estaba de parte de Sir Claude, milady de la del señor Perriam, y el señor Perriam presumiblemente de la de milady, no restaban por clasificar sino la señora de Beale y el señor Farange. La señora de Beale estaba claramente, como Sir Claude, de la de Maisie, y papá, era de suponerse, de la de la señora de Beale. Cierto es que en este punto había una ligera ambigüedad, ya que eso de que papá estuviera en el bando de la señora de Beale no parecía emplazarlo del todo en el de su hija. Todo aquello terminó por asemejarse enormemente, conforme la pequeña siguió meditando, al juego de las cuatro esquinas, y ella sólo supo preguntarse si el reparto de los papeles no acabaría por moverlos a todos a correr de un lado a otro intercambiando lugares. Se sintió espectadora de cambios mareantes: ¿no era ya lo bastante mareante que su madre y su padrastro militaran en bandos opuestos? Aquél era el gran hecho acontecido en casa. Aparte, la señora Wix había adoptado un nuevo semblante: nunca había sido precisamente alegre, pero ahora su adustez se volvió una actitud tan manifiesta como un cartel. Ataviada con su vestido nuevo parecía sentarse a meditar melancólicamente sobre su propia delicadeza perdida, cuyo recuerdo se le había vuelto casi tan doloroso como el de la pobre Clara Matilde. «Es duro para él», le decía a menudo a su compañerita; y era sorprendente lo cualificada que en esta materia se sentía Maisie para convenir con ella. Por duro que para él fuera, no obstante, Sir Claude nunca había mostrado mejor figura que con el estilo valiente, generoso y desenvuelto con que soportaba la situación: un estilo que suscitó en la señora Wix un centenar de expresiones de alivio al ver que él no se había dejado amargar por el sufrimiento. Todo aquello acabó encaminándolo cada vez con mayor frecuencia hacia el cuarto de estudio, donde él ya había comenzado a reconocer abiertamente que si iba a cargar con los inconvenientes de haber pervertido a una inocente, bien podía por lo menos disfrutar también de las ventajas. Jamás penetraba en la habitación sin decirles a sus ocupantes que ellas eran las mejores personas de la casa, comentario que siempre las hacía decirse mutuamente «¡El señor Perriam!» lo más fuerte que les era posible hacerlo con la boca cerrada y los ojos muy abiertos. Los hábitos de Sir Claude movieron a Maisie a acordarse de lo que una vez él le había dicho a la señora de Beale en el sentido de que su temperamento era el de todo un niñero, y a exteriorizarlo en una ocasión —un poco más de lo debido teniendo en cuenta que estaba presente la señora Wix— haciéndolo saber que jamás ninguna de las competentes niñeras que ella había tenido había fumado tantísimo en el cuarto de la niña. Ello no influyó excesivamente sobre el consumo de cigarrillos por parte de Sir Claude: siempre estaba fumando, mas siempre declarando que para él la carencia de una vida en familia equivalía a la muerte.