Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Al fin y al cabo en el cuarto de estudio él hallaba una vida de esa clase, y había ratos a altas horas de la noche, cuando Maisie ya se había acostado, en que esta niña sabía que él se sentaba allí a charlar con la señora Wix sobre el modo de resolver sus dificultades. Los miramientos de él hacia esta infortunada mujer, aun en medio de sus tribulaciones, continuaban acreditando que era un perfecto caballero y elevaron a la recibiente de su caballerosidad a una esfera superior de dicha en la que el mismísimo orgullo enmudecía los arrebatos de exaltación. «¡Él se apoya en mí, se apoya en mí!», se limitaba la recibiente a proclamar de un modo esporádico; y se sintió más bien preocupada que divertida cuando, algún tiempo después, por azar descubrió que le había transmitido a su educanda la impresión de que él se apoyaba en ella en un sentido físico. Este atisbo de un error de interpretación la condujo a ser más precisa: a hacer saber a la niña, con un decidido aire de contrariedad motivado por tener que rebajarse de semejante forma al prosaísmo, que el problema debatido por ellos en las madrugadas hasta las tantas, como ellos decían, era el de las posibles formas de que él encarara el porvenir. El porvenir que ella quena que él encarara era el de una consagración profesional a los asuntos públicos; «ella» alude, me apresuro a añadir, en la frase anterior, no a la dueña del destino de Sir Claude, sino tan sólo a la propia señora Wix. Ésta habló de él con expresiones rebosantes de amable comprensión, y sin embargo también de sentido moral: