Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Fue hacia la señora Wix, durante esta apelación, hacia quien se desplazó la atención de Maisie: en parte porque, aunque sentía el corazón en la garganta debido a la palpitación, un sentimiento de delicadeza le impidió prestarse a dar la impresión de desear ejercer presión alguna; en parte por la fascinación de ver a la señora Wix expresarse de una manera que nunca antes le había visto, ni tan siquiera el día de su visita a la casa de la señora de Beale con la noticia del casamiento de mamá. Aquel día la señora de Beale la había superado en firmeza, pero nadie habría podido superarla hoy. En este momento, de hecho, su alumna encontró un atractivo especial en esa especie de tácita promesa de sorpresas de esta índole reservadas todavía para el futuro. De este modo las principales orientaciones de la conducta de la niña provenían de su agudizada sensación de ser una espectadora, esa larga costumbre, desde los inicios, de verse en medio de enfrentamientos y de encontrar en la violencia de éstos —había tenido un atisbo del juego del fútbol— cierta especie de compensación al hecho de estar fatalmente condenada a una peculiar pasividad. A menudo dicha sensación le procuraba la extraña impresión de asistir a su propia vida tan desde fuera como si la contemplara aplastando su nariz contra una ventana. Tal sintió que era ahora el emplazamiento de su nariz mientras aguardaba los resultados de la elocuencia de la señora Wix. Empero, Sir Claude no la mantuvo demasiado tiempo en esa incómoda situación: se sentó y le tendió los brazos como aquel día en que había ido a buscarla a casa de su padre, y mientras así la retenía, mirándola afectuosamente, pero como si la compañera de ambos hubiera hecho que a él le hubiese afluido abundantemente la sangre al rostro, él dijo:


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