Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Pues bien, la mujer más hermosa de todo Londres se entregó, con un aspecto resplandeciente de ternura y mil manifestaciones de cariño, a una felicidad por fin recobrada. En su madurez había un esplendor casi tan vívido como el de mamá, y no precisó sino un instante para darle a su amiguita una impresión de verdadero poderío, una impresión que semejó despuntar como un largo día luminoso. Por parte de Maisie fue ésta una sensación que ni mamá, ni Sir Claude, ni la señora Wix, con todos sus inmensos aunque tan diversos atractivos, habían logrado inflamar hasta tal punto, y aquello representó una inmediata diferencia cuando la conversación se encaminó, como sucedió prontamente, hacia la cuestión de su padre. Oh, sí, el señor Farange era una complicación, pero ahora ella se dio cuenta de que no iba a serlo para su hija. Para la señora de Beale ciertamente él era una complicación inmensa (ella misma lo proclamó sin ambages); pero a Maisie desde este momento la señora de Beale se le apareció como una persona a quien se le hubiese conferido un gran don. El gran don era precisamente el de saber deshacerse de las complicaciones. Maisie percibió cuán poco alteraban ahora las complicaciones a su madrastra cuando, después de que ésta última le hiciera a Sir Claude una alusión a un previo encuentro entre ellos dos, él respondió, con un tono de consternación y empero con un aire de alivio, que ante su compañerita él había negado que hubiesen vuelto a verse desde el día de su primer encuentro.


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