Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —¡Ah, mi querida y vieja amiga! —Sir Claude semejó muy divertido, y a una sonora carcajada cristalina fue a lo que se redujo toda su explicación. Precisamente aquéllas eran más o menos las palabras que Maisie lo habÃa oÃdo pronunciar la última vez en referencia a la señora Wix. Ella le tomó una mano, que estaba enfundada en un guante color gris perla adornado con las gruesas lÃneas negras que, en casa de su madre, ella siempre habÃa relacionado con el modo como los puños cubiertos de costuras de las altas damas llevaban apuntando hacia el suelo, con los codos bien separados del cuerpo, las sombrillas de paseo. El simple contacto de aquella mano eclipsaba toda sensación de ganancia o pérdida. La presencia de él era como un objetó que ella tuviera tan cerca del rostro que no la dejara ver sus contornos. El mismo, empero, siguió siendo el maestro de ceremonias del espectáculo que ante sà tenÃan incluso cuando hubieron salido de la zona central de Hyde Park y comenzaron, bajo el hechizo del lugar y de la estación, a caminar calmosamente por los jardines de Kensington. Lo que habÃan dejado atrás era, según dijo él, nada más que un circo de muy mala calidad, y, trasponiendo una cautivadora verja y cruzando un puente, al cabo de un cuarto de hora llegaron a hallarse, también según las palabras de él, a un centenar de millas de Londres. Ante ellos se extendÃa un amplio prado verde y grandes árboles viejos y, bajo la sombra de éstos, entre el frescor del césped, el serpenteante curso de un sendero campestre.