Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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—Esto es el bosque de Arden —acababa de comentar deliciosamente Sir Claude—, y yo soy el desterrado duque, y tú eres… ¿cómo se describía a la muchacha?… la ingenua zagala. Y allí —prosiguió— está la otra muchacha (¿cuál era su nombre?, ¿no era Rosalinda?) y (¿lo ves también?) el personaje que la cortejaba[15]. ¡Palabra de honor que está cortejándola!

Aludía a una pareja que, muy pegaditos uno a otro, cerca del extremo del prado, caminaba por delante de ellos. Aquellas distantes figuras, en su lento ambular (el cual las mantenía tan juntas que sus cabezas, ligeramente inclinadas hacia el suelo, casi se tocaban), consistían en la espalda de una mujer que parecía alta, quien evidentemente era una dama muy distinguida, y en la de un caballero cuya mano izquierda iba bien asida al brazo femenino mientras la derecha, detrás de él, movía enérgicamente un bastón de paseo. Por un instante la imaginación de Maisie se acomodó a la idea de su amigo de que era idílica aquella visión; de repente, deteniéndose bruscamente, espetó con toda la claridad que pudo:

—¡Dios santo! ¡Pero si es mamá!

Sir Claude se detuvo pasmado:

—¿Mamá? Pero si mamá está en Bruselas.

Con los ojos clavados en la dama, Maisie se quedó maravillada:

—¿En Bruselas?


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