Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —Tienes un miedo descomunal de que yo te lo diga —prosiguió Ida—; pero si crees que ella va a poder servirte de escudo te equivocas de medio a medio. —Lo dejó asimilar aquello un momento—. Le concedo de muy buena gana el privilegio de que se quede viéndonos. ¿Te gustarÃa que ella supiera, querido? —Maisie tuvo la sensación de que su madre planteaba esta posibilidad tan sólo para lograr sus propósitos; y sin embargo nuestra pequeña también cobró conciencia de estar deseando que Sir Claude se decantara por esa solución. Ya hemos visto que a ella habÃa llegado a gustarle que a la gente le gustara que ella «supiera». Pese a todo, antes de que él pronunciara su contestación, su madre extendió un par de brazos de una elegancia extraordinaria, y entonces ella se sintió librarse del asimiento de su padrastro—. ¡Hija querida! —musitó Ida con una voz (una voz de una inopinada y desconcertante ternura) que a ella le parecÃa oÃr por vez primera. Ella no vaciló sino un instante, conmovida por aquella primera llamada personal que, bien distinta de un mero instinto maternal, le dirigÃan unos labios que, aun en los locuaces viejos tiempos, siempre se habÃan mostrado bruscos. Al siguiente instante ya se habÃa arrojado a los brazos de su madre, donde, entre un bosque de pedrerÃa, se sintió como si hubiera sido repentinamente lanzada, con un estruendo de vidrios rotos, contra el escaparate de un joyero, mas sólo para sentirse igual de repentinamente rechazada con energÃa y con un vigoroso mandato—: ¡Ahora vete con el Capitán!