Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —Ella me ordenó que viniera a reunirme con usted —explicó Maisie mientras andaban y enseguida se halló sentada a su lado, teniendo ante ellos el más hermoso de los cuadros —el brillo del gran estanque al otro lado de los árboles— asà como en el aire el canto de los pájaros, el chapoteo de las barcas, el jolgorio de los juegos infantiles. Inclinando su militar silueta, el Capitán se sentó de costado hacia ella para mostrarse aún más cercano y cordial, y como ella tenÃa la mano puesta sobre el brazo de su propia silla él se la asió otra vez a fin de imprimirle mayor realce a algo que él tenÃa que decirle y que a ella le harÃa bien escuchar. Ya le habÃa explicado que tan pronto como su madre la habÃa divisado tan inesperadamente en la compañÃa de una persona que era… vaya, no precisamente la más idónea, instantáneamente le habÃa pedido a él que se hiciera cargo de ella mientras ella misma le ajustaba las cuentas, como ella dijo, al auténtico malhechor. A la niña le dio la impresión de que en este momento el Capitán podrÃa hacer con ella lo que se le antojara: diez minutos antes no lo conocÃa de nada, mas ahora podÃa sentarse a su vera y tocarlo, tocada e impresionada por él y considerando agradable que un caballero fuera delgado y moreno… moreno hasta un sorprendente extremo que hacÃa que su bigote color pajizo semejara casi blanco y sus ojos sugirieran florecitas pálidas. Lo más extraordinario fue que a ella en aquel momento pareciera darle igual que fuesen a ajustarle las cuentas a Sir Claude. El Capitán no se le parecÃa en nada, pues extrañamente parte del atractivo de este amigo de mamá residÃa hasta cierto grado en poseer un rostro tan informalmente conformado que lo único que con benevolencia podÃa decirse acerca de éste era que resultaba muy gracioso. Otra parte aún más singular de su atractivo fue que finalmente hizo que nuestra pequeña, para clasificarlo más cabalmente, se dijera para sus adentros que, chocantemente, el Capitán le recordaba a la señora Wix de un modo harto insidioso. Él no llevaba enderezadores ni una diadema ni, al menos en el mismo lugar que la otra, un botón: estaba bronceado, poseÃa una voz profunda y olÃa a cigarros, y sin embargo portentosamente tenÃa más en común con su vieja institutriz que con su joven padrastro. Lo que él tenÃa que decirle y que a ella le harÃa bien escuchar era que su pobre madre (¿no se daba ella cuenta?) era la mejor amiga que él habÃa tenido en su vida. Y agregó: