Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Maisie se sintió tan poco propensa a aseverar lo contrario que se notó, en la intensidad de su anuencia, estremecerse por un gozo aún más imposible de describir con palabras que la esencia de la admiración que sentía el Capitán. Había enmudecido completamente ante la conciencia de que él hablaba de su madre como nunca anteriormente oyera hablar de ella. Mientras seguía silenciosamente sentada descubrió que, pensándolo bien, tanta admiración y tanto respeto significaban una completa novedad, la cual adquiría relieve debido a que jamás una sola palabra siquiera remotamente similar había salido de labios de su padre, ni de la señora de Beale, ni de Sir Claude, ni tan siquiera de la señora Wix. A lo que al sentir de ella todo iba a parar era a que se trataba de la primera vez que escuchaba a alguien expresarse con verdadero cariño acerca de milady, de forma que ante aquel hecho desbordó dentro de ella algo extraño, profundo, conmovedor: la percatación de que, a efectos prácticos y hasta donde ella sabía, su madre, exceptuando el caso presente, jamás había sido amada. El primigenio relato hecho por la señora Wix referente al afecto de Sir Claude parecía ahora tan vano como el estribillo de un juego infantil, y en aquel momento marido y mujer, sólo a unos pocos pasos de ella misma, se estaban enfrentando plenos de odio y en el ambiente resonaban todavía las horribles palabras con que él la había calificado. ¡De qué modo, por contraste, la había descrito el Capitán! Maisie anheló volver a escucharlo. Las lágrimas le inundaron los ojos y le resbalaron por las mejillas, las cuales ardieron al paso de aquéllas mientras la invadía el recuerdo de que también para ella, sólo cinco minutos atrás, esa vívida beldad contundente cuya acometida había estado aguardando había sido, durante un rato largo, un elemento de franco terror. En el acto se volvió indiferente a su habitual miedo de dejar ver aquello que en los niños notoriamente suscita más reproches: le mostró a su compañero, en silencio pero a tumba abierta, su rostro contraído y bañado en lágrimas. Con una punzada, lloró sinceramente ante él, lloró como nunca en la vida había llorado ante nadie.