Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Cómo y cuándo y dónde, empero, era justamente lo que Maisie no iba a saber: una exclusión que, por otra parte, ella nunca puso en entredicho, y ello gracias a una comunión lo suficientemente intensa como para hacer que él, mientras ella participaba del gran vacío de la bastante cetrina soledad de la señora de Beale, brillara ante sus añorantes ojos como el único, el soberano ventanal de una exageradamente espaciosa habitación en penumbra. Tales ratos no sufrían interrupciones por parte de su padre; y durante éstos era cuando entre ellas resultaba claro que cada una estaba pensando en el ausente y pensando en que la otra estaba pensando en lo mismo, de modo que él era objeto de consciente referencia en todo cuanto decían o hacían. La dura verdad, como tuvo que reconocer la señora de Beale, era que ella había esperado contra toda esperanza y que en realidad no era factible que Sir Claude se presentara por Regent’s Park como Pedro por su casa. ¿Acaso no había llegado la hora de aceptar los hechos?: era desoladoramente obvio que a fin de cuentas no se había llegado a un pacto con nadie. Y bien, si nadie estaba regulado por pactos era porque todos se habían portado con vileza. «Nadie» y «todos» eran naturalmente Beale y Ida, la medida de cuya capacidad para conducirse desagradablemente era algo que, ante una niña, la señora de Beale no se sentía capaz de describir con pelos y señales. Por consiguiente ésa era la razón por la cual para meramente poder subsistir, como decía ella, esta dama había tenido que establecer, asimismo en sus propias palabras, otro convenio distinto: un convenio en el cual Maisie participaba sólo en tanto que estaba al corriente de su actual vigencia y acerca del cual cavilaba tratando de imaginarse en qué consistiría. Consistiera en lo que consistiese, notoriamente poseía alguna característica que era la responsable de las súbitas emociones y las súbitas confidencias de la señora de Beale: arrebatos éstos, empero, cuya llorosidad no fue óbice para que nuestra heroína reflexionara cuán dichosa sería ella misma sólo con estar en condiciones de establecer su propio convenio. El de la señora de Beale funcionaba, por lo visto, con eficacia y frecuencia; pues casi cada uno o dos días conseguía traerle a Maisie un mensaje y transmitir la respuesta. Ante la visión de lo que, como decía ella, él hacía por la niña había sido como había cedido al llanto; y en cierto modo dicha visión se le mantuvo presente a Maisie gracias a un subsecuente incremento no sólo de la alegría, sino literalmente también —no pareció aventurado entenderlo así— de las actuales aspiraciones de su amiga. Dicha amiga era la primera en proclamarlo: él la había transformado extraordinariamente, casi la había transformado por completo. Hablaba de él con maravillosas palabras atormentadas: él era su hada buena, su oculto manantial; por encima de todo, él era ni más ni menos que su conciencia «superior». Eso era lo que especialmente había salido a la luz entre sus inusitadas lágrimas: él, ese cielo de hombre, la había hecho tener muchísimo mejor opinión de sí misma. De este modo había quedado un tanto sorprendentemente en evidencia que antaño ella se había sentido inclinada a tener mala opinión de sí misma, y Maisie se alegró al oír hablar del correctivo simultáneamente que de la desviación.