Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Poco tiempo después se halló suponiendo —y a despecho de su envidia inclusive deseando que así fuera— que siempre que la señora de Beale salía de casa, Sir Claude era por así decirlo el beneficiario de sus salidas. Era algo que ahora sucedía más a menudo que nunca anteriormente… tan a menudo que ella habría podido juzgar que su madrastra permanecía fuera de casa de una manera casi excesiva de no ser porque, en primer lugar, su padre la superaba con creces en aquella costumbre: era un comentario frecuente de su actual esposa —al igual que había sido, ante los tribunales de la nación, un destacado alegato de quien la había precedido— que él apenas se pasaba por casa siquiera para dormir. En segundo lugar, la señora de Beale, cuando estaba en su puesto, ofrecía ahora un esplendoroso aspecto de anhelar compensar generosamente sus ausencias. La única sombra que interfería en aquellos deslumbrantes intervalos era que, como lo expresó Maisie para sus adentros, era imposible enterarse de nada haciendo preguntas directas. Era parte de la esencia de las cosas no ser de la incumbencia de una niña, ni siquiera cuando desde el principio la niña se había visto anegada por el temor de que lo único que podía sucederle era encontrarse demasiado metida en las mismas. Las cosas, pues, desde la perspectiva de Maisie, se mantenían tan fieles a su esencia que las preguntas directas resultaban casi siempre impropias: pero por otra parte se había dado pronta cuenta de cómo finalmente, a veces, los pequeños silencios pacientes y las pequeñas miradas inteligentes podían ser premiados con pequeñas vislumbres esplendentes. Durante años en el hogar de Beale Farange el monosílabo «él» siempre había hecho referencia, una referencia casi violenta, al señor de la casa; pero ahora eso había cambiado en una época en que los méritos de Sir Claude estaban en el aire de una forma tan evidente que apenas hacían falta siquiera dos letras para nombrarlo. «Él me ha sostenido maravillosamente… y todavía sigue haciéndolo, preciosidad», le observaba la señora de Beale a su compañerita; o bien le contaba que la situación en la otra residencia había llegado a un extremo difícilmente creíble: el extremo, por monstruoso que sonara, de que durante doce días Sir Claude no había visto ni sombra de ella. Naturalmente en el hogar de Beale Farange «ella» nunca había hecho referencia sino a Ida, y la diferencia en este caso radicaba en que ahora hacía referencia a Ida con renovada intensidad. La señora de Beale —ello era notable— era cada vez más propensa a abominar de la maldad de «ella», cuya esencia parecía consistir en lo repugnante y sin embargo estupenda que era su carencia de relaciones con su marido. Este flujo de noticias les llegaba a nuestras dos amigas gracias a que, a decir verdad, la señora de Beale no tenía unas relaciones mucho más pletóricas con su propio marido; mas ésta era una de las reflexiones que podía hacerse Maisie sin dejar que rompiera el hechizo de su actual simpatía. ¿Cómo podía semejante hechizo ser otra cosa que profundo si la influencia de Sir Claude, operando desde la distancia, por lo menos había determinado finalmente la reanudación de los estudios de su hijastra? La señora de Beale volvió a inflamarse en lo referente a los mismos y vívidamente le recalcó a Maisie que eran el asunto más importante en relación al cual la sostenía el querido ausente.


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