Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Este fue el segundo origen —ya he aludido al primero— de la conciencia que la niña adquirió de que se había producido algo que, muy esperanzadamente, ella calificó para sus adentros como una nueva fase; y que asimismo presentó bajo la más espléndida luz el nuevo entusiasmo con que siempre reaparecía la señora de Beale y que en verdad le infundía a Maisie la más dichosa sensación que jamás había tenido de ser muy querida al menos por dos personas. Que en la actualidad ella no albergara muchos recuerdos de la existencia de una tercera persona denota, me temo, un transitorio olvido de la señora Wix: accidente éste que sólo puede resultar explicado por un estado de anormal excitación. Pues ¿cuál fue la forma que adoptó el entusiasmo de la señora de Beale, y que adquirió relieve en las condiciones domésticas que ésta aún seguía sufriendo, sino la deliciosa forma de «lecturas» en compañía de su pequeña educanda, y siguiendo directrices personalmente dictadas por Sir Claude, de obras profusamente facilitadas por éste último? Él había confeccionado una lista de estupenda calidad… «sobre todo de ensayos, ¿sabes?», como había dicho la señora de Beale. A Maisie «ensayos» siempre le había parecido un término augusto, pero a partir de ahora iba a resultar suavizado por difusas, en realidad por bastante lánguidas delimitaciones. En todo caso hubo una semana en que les llegaron nada menos que nueve volúmenes, y de la actitud de la señora de Beale pudo inducirse que la misteriosa relación que ésta mantenía con Sir Claude no sólo incluía informes críticos de aquellos estudios, sino que estaba centrada casi por completo en el afán de preparar y consultar. En definitiva, era en pro de la instrucción de Maisie, como a menudo repetía ella, por lo que ella mantenía cerradas las puertas… cerradas a aquellos caballeros que antaño se presentaban tan copiosamente y a quienes habría resultado una enorme indecencia recibir después de que prácticamente su marido la había abandonado. Desde antiguo Maisie estaba familiarizada cuando menos con la regla de la atención que debía prestarle a su «personalidad» una mujer atractiva y bien expuesta, como decía la señora de Beale, conque se sintió debidamente impresionada ante el rigor de los escrúpulos de su madrastra. Literalmente no había nadie del sexo opuesto a quien ésta pareciera sentirse en libertad de recibir en casa, y cuando la niña aventuraba alguna pregunta acerca de las mujeres que, una por una, durante su propia temporada previa, fueran tan atronadoramente bienvenidas, la señora de Beale se apresuraba a informarla de que, una por una, habían sido, las muy bribonas, desenmascaradas, a la postre, como infames. Si ella deseaba saber algo más sobre ellas, le recomendaba que interrogara a su padre.