Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Empero, para cuando le fue hecha tal recomendación Maisie era presa de curiosidades más punzantes, pues por fin se había hecho realidad el sueño de conferencias en una Institución, merced a la ahora ilimitada energía de Sir Claude a la hora de descubrir cómo hacer lo que debía hacerse. A este respecto resultó obvio que quien verdaderamente se propone algo en serio puede hacer una infinidad de cosas por muy poco más del precio de un billete de metro. La Institución —había una espléndida en un barrio de la ciudad sólo exiguamente conocido por la niña— se convirtió, vista bajo la luz de dicha seriedad, en un lugar apasionante; y el paseo hasta ella desde la estación del metro atravesando Glower Street (pronunciación debido a la cual la señora de Beale se rió de su amiguita una vez[17], en un recorrido literalmente sembrado de «materias». Maisie imaginaba que iba cosechándolas mientras caminaba, si bien se convertían en una inextricable maleza cuando estaba en las grandes aulas grises donde la fuente de la sabiduría, por lo general personificada por una grave voz que al principio le pareció de cólera, se derramaba sobre el silencio de filas de rostros adelantados cual vacíos cántaros. «Todas estas cosas tienen que hacernos bien: son tan difíciles de comprender», había declarado prontamente la señora de Beale, manifestando una pureza de resolución que convirtió aquellas ocasiones en las más armoniosas de todas las muchas que había compartido la pareja. Ciertamente Maisie nunca se había visto, a este respecto, tan estimulada, y sobre todo nunca se había visto tan llevada en volandas, como en los instantes en que la señora de Beale regresaba jadeante a casa y subía las escaleras en estado de franco histerismo para ver si aún estaban a tiempo de asistir a una conferencia. La hijastra, que siempre estaba lista desde hacía ya rato, casi saltaba desde la barandilla en respuesta, y se precipitaban juntas en pos del saber con el mismo ímpetu con que a menudo se precipitaban de vuelta a casa para permitir que la señora de Beale se entregara a otras distintas preocupaciones. En suma nunca había habido un frenesí comparable al de estos espasmódicos instantes, una vez que se iniciaron imparablemente, desde aquella agitada temporadita reciente en que la señora Wix, desenfrenada como si estuviese acicalándola para una boda, la había hecho «recuperar» todo lo perdido durante el turno pasado en casa de su padre.


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