Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía A partir de dicho momento ese epítome de lo maravilloso estuvo presente por doquier, particularmente en un tan instantáneo «Ábrete, Sésamo» y en la despedida del carruaje, una traqueteante desaparición repleta de reminiscencias de sus abandonados padrastros; estuvo presente —gracias a la vividez, la casi cegadora blancura de las luces que se encendieron en respuesta a la rápida pulsación por parte de papá de un interruptorcito metálico en la pared— en una habitación que, en la cima de una breve escalera elegante, a ella le pareció la más bella que había visto jamás. Lo siguiente que percibió fue que aquél era el salón de una mujer —vaya si era de una mujer, como lo advirtió de inmediato, y no de un caballero, ni siquiera de uno como papá mismo o incluso como Sir Claude— cuyos objetos eran más hermosos que los de mamá en la misma medida en que siempre había habido que reconocer los de mamá eran más hermosos que los de la señora de Beale. En el centro de la resplandeciente habitacioncita yen presencia de más cortinas y cojines, más cuadros y espejos, más palmeras que se inclinaban sobre rincones dorados y ricos en brocados, más cajitas de plata diseminadas sobre mesitas de forma irregular y más miniaturitas ovales colocadas contra fondos de terciopelo, de cuantos habrían podido la señora de Beale y milady juntas, en inverosímil alianza, soñar en reunir, la niña cobró conciencia, con un agudo anticipo de sentimientos de compasión, de algo que se asemejaba extrañamente a una relegación a la oscuridad de cada una de aquellas dos mujeres de mundo. Una sensación aún más insólita fue que en el acto su padre se le apareciera como bastante adecuadamente e incluso grandiosamente a sus anchas en aquel escenario deslumbrante, y en igual medida desligado de otros escenarios inferiores. Ella pasó allí con él, mientras las explicaciones continuaban aplazándose, una veintena de minutos que, barriendo súbitamente toda sensación de peligro, a ella le hicieron el efecto, pese a que no hubiera allí ni bollos ni gaseosa, como de un lujoso festín improvisado: