Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —¿Ella es muy rica? —Él habÃa empezado a parecerle casi turbado, tan tÃmido que igual habrÃa podido hallarse junto a una señorita con quien tuviera muy poco que ver. Ante semejante aprensión ella se habÃa sentido literalmente impulsada a facilitarle con tacto algún alivio.
Beale Farange permanecÃa de pie y le sonreÃa a la señorita, dándole la espalda a la fantástica chimenea, con su ligero abrigo —el más ligero de todo Londres— batiendo abierto y su espléndida barba lustrosa tapándole exhaustivamente la totalidad de la pechera. A ella la complugo más que nunca pensar que papá era apuesto y que, pese a que se erguÃa tan elevado como mamá y casi —en su especialmente vistoso atavÃo nocturno— tan esplendoroso, de alguna forma su hermosura era menos beligerante, menos terrible.
—¿La Condesa? ¿Por qué me preguntas eso?
Los ojos de Maisie se abrieron todavÃa más:
—¿Es una condesa?
Él pareció considerar como un decidido homenaje aquella expresión de asombro:
—Oh sÃ, querida, pero no una condesa inglesa.
La actitud de ella reveló interés:
—¿Es una condesa francesa?
—No, tampoco francesa. Es norteamericana[19].
Ella hallaba agrado en conversar: