Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía De nuevo hubo cierta sequedad en la forma como Beale le contestó que nada importaba qué cosas creyera ella; pero para su hija hubo una creciente dulzura en permanecer con él tanto rato sin que él dijera nada peor. Por supuesto todo aquel rato iba a perdurar en ella, durante días y semanas, imborrablemente iluminado y fortalecido; al final de los cuales terminaría siéndole factible percatarse del trasfondo de un centenar de cosas que en su momento no habían sido más que un milagroso placer. En lo que dichas cosas se resumieron en el momento de producirse fue sencillamente en que su compañero siguió considerablemente agitado, deseando empero no traslucirlo, y en que precisamente en la medida en que triunfaba en este propósito la impelía a considerarlo cariñoso. Un poco después él comenzó a pasearse por la habitación, le enseñó diferentes objetos, le habló como una persona refinada, le reveló el nombre, que ella memorizó, de la célebre dama francesa plasmada en una de las miniaturas, y comentó, como si hubiera leído su deseo de poseer algunos de aquellos adornos y colgaduras, que él no tenía duda alguna de que la Condesa, en cuanto se presentara, le regalaría alguna monería. Se fijó en una cajita de raso color encarnado con un espejo engastado en la tapa, que alzó, con un raudo y guasón gesto florido, a fin de ofrecerle el privilegio de elegir entre seis filas de bombones de chocolate, superando así a Sir Claude, quien jamás había pasado de cuatro filas.