Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa De ese modo sucedió que en un lapso de tiempo extraordinariamente breve Maisie se halló tan profundamente fascinada por la imagen de la pequeña y difunta Clara Matilde —quien, en un cruce de Harrow Road, habÃa sido derribada y aplastada por el cabriolé más cruel— como habÃa llegado a estarlo por el grupo familiar sugerido por una de entre siete hermanas que ella conocÃa. «Es tu hermanita muerta», acabó por decirle la señora Wix, y Maisie, enteramente a causa de una vibración de compasión y de curiosidad, desde aquel momento consagró una devoción especial a aquella pequeña y aceptada adquisición. De alguna forma no era una hermanita de verdad, pero eso no hacÃa sino volverlo todo aún más romántico. A esta sensación suya contribuyó eso de que ella nunca debiera referirse a Clara Matilde en tal calidad ante nadie… y menos que nadie ante la señora Farange, que no le otorgarÃa a Clara Matilde un especial cariño ni reconocerÃa semejante parentesco; aquello iba a ser ni más ni menos que un pequeño secreto impronunciable e inagotable compartido con la señora Wix. Maisie supo todo lo que podÃa saberse sobre Clara Matilde: todo lo que habÃa dicho o hecho a lo largo de su corta y segada existencia, todo lo preciosa que habÃa sido, cómo se le rizaban exactamente los cabellos y cómo estaban exactamente remetidos sus vestiditos. Su pelo habÃa caÃdo hasta muy por debajo de la cintura: habÃa poseÃdo el más maravilloso brillo dorado, al igual que mucho tiempo atrás lo habÃa poseÃdo el de la señora Wix. Por cierto que el de la señora Wix era aún muy notable, y al principio a Maisie le habÃa parecido imposible que alguien pudiera soportar tal volumen. Este pelo colaboraba ampliamente en el triste y extraño aspecto, el aspecto de una especie de untuosa grisura, que la señora Wix ya habÃa presentado en el momento de la llegada de la niña. Originariamente habÃa sido rubio, pero el tiempo habÃa convertido aquella distinción en cenizas, en un turbio blanco cetrino y poco venerable. SeguÃa siendo excesivamente abundante, e iba peinado en un estilo cuyo desfase aún no parecÃa haber advertido la pobre señora, con una lustrosa trenza sobre la cabeza cual una gran diadema, y atrás, en la nuca, un deslustrado rosetón de pelo parecido a un enorme botón. Usaba unas gafas que, a modo de alusión discreta a su oblicuidad divergente de visión[5], ella misma llamaba sus enderezadores, y un pequeño y feo traje de color tabaco adornado con franjas de raso en forma de festones y rebosante de arcaÃsmo. Los enderezadores, tal como le explicó a Maisie, se los ponÃa en beneficio de los demás, a quienes, en su opinión, ayudaban a la hora de saber a quién le estaba dirigiendo ella la mirada, de modo que no hubiera confusiones; el resto de su atuendo de melancolÃa, sólo era concebible que se lo pusiese en beneficio de sà misma. Con el elemento adicional de su gruesa montura, la señora Wix le recordaba a su educanda el pulido caparazón o corselete de un horrible escarabajo. Al principio habÃa parecido iracunda y casi cruel; pero tal impresión se disipó conforme la niña se fue percatando de que a ojos de la gente la señora Wix era primordialmente un objeto de chacota. Resultaba tan grotesca como una charada o un animal de los que figuran en las páginas finales de una «Historia Natural»: una persona a quien la gente, cuando era cosa de animar la conversación, sacaba a colación y caricaturizaba. Todo el mundo conocÃa los enderezadores; todo el mundo conocÃa la diadema y el botón, los festones y las franjas de raso; todo el mundo —aunque Maisie jamás se habÃa ido de la lengua— conocÃa incluso la historia de Clara Matilde.