Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Sobre esta base había sido como mamá había logrado contratarla por tan poco, en realidad por nada: tal dato, un día en que la señora Wix la había llevado al salón y la había dejado allí, la niña se lo oyó a una de las mujeres que allí estaban —una mujer de cejas arqueadas como una cuerda de saltar y de gruesas costuras negras, semejantes a las líneas de un pentagrama, en unos bonitos guantes blancos— mientras ésta estaba comunicándoselo a otra. Maisie sabía que las institutrices eran pobres: la señorita Overmore lo era inmencionablemente, y la señora Wix de la más pública de las maneras. Ni esto, empero, ni tampoco el atuendo antiguo de color marrón o la diadema o el botón, alteraban en opinión de Maisie el hechizo que lo permeaba todo: el hechizo de la manera en que la señora Wix, comoquiera que fuese, pese a su fealdad y a su pobreza, transmitía ser una persona especial y confortadoramente leal: más leal que nadie en el mundo, más leal que papá, que mamá, que la mujer de las cejas arqueadas; incluso más leal, si bien muchísimo menos guapa, que la señorita Overmore, en cuyo hechizo, según entreveía Maisie, esta niña era vagamente consciente de que no se podía confiar totalmente con la misma conciencia de sentirse arropada y besada a la hora de dormir. La señora Wix era tan leal como Clara Matilde, que estaba en el cielo y sin embargo, desconcertantemente, también en Kensal Green[6], adonde habían ido juntas a visitar su pequeña y apretujada sepultura. De algo entrevisto en el tono de la señora Wix —tono que pese a cualquier caricatura seguía siendo indefinible e inimitable— fue de donde Maisie, antes de que hubiera finalizado este semestre con su madre, extrajo esa sensación de apoyo que jamás fallaría, cual una balaustrada a la altura del pecho instalada en algún sitio donde la gente se podía «caer». Y si sabía que su institutriz era pobre y estrambótica, también sabía que no estaba ni de lejos tan «cualificada» como la señorita Overmore, quien era capaz de citar de corrido la mar de fechas (sin necesidad de pedirte el libro), de situar Malabar en el mapa, de tocar seis piezas sin la partitura delante y de trazar, en los dibujos, de un modo precioso, los árboles y las casas y todas las partes difíciles. La propia Maisie sabía tocar más piezas que la señora Wix, quien además estaba visiblemente abochornada de sus casas y árboles y sólo era capaz, con ayuda de un dedo tiznado, recurso de dudosa legitimidad en el terreno del arte, de pintar el humo que salía de las chimeneas.