Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Ellas —institutriz y alumna— se aplicaban a varias «asignaturas», mas había muchas que la institutriz iba posponiendo de semana en semana y a las cuales finalmente nunca llegaron; la institutriz se limitaba a decir: «Ya abordaremos eso a su debido tiempo». Su debido tiempo era tan vasto como la parte aún inexplorada del globo. La señora Wix carecía de espíritu aventurero: la niña veía perfectamente a cuántas asignaturas les tenía miedo. Se refugiaba en la tierra firme de la ficción, a través de la cual era cierto que serpenteaba el río cristalino de la verdad. Se sabía cantidad de historias, primordialmente las de las novelas que había leído; y las relataba con una memoria infalible y con una riqueza de detalles que hacía las delicias de Maisie. Trataban todas ellas de amor y de belleza y de condesas y de perfidias. A efectos prácticos la conversación de la señora Wix era un continuo relato, un gran jardín de portentos, con súbitos pasajes de su propia biografía y abundosos torrentes de nostalgias. Eran ésas las partes en que más se demoraban: la institutriz hizo que la niña reviviera con ella todos los pasos de su largo y cojitranco recorrido por la existencia y que acabara considerándolos aún más fascinantes que los prodigios y los monstruos. Su discípula se hizo una vívida idea de todo quisque que alguna vez, en expresión de la institutriz, se hubiera topado con ésta última —¡algunos de un modo tan, tan violento!—; literalmente de todo quisque excepto del señor Wix, su marido, respecto del cual nada se dijo salvo que llevaba muerto una eternidad. El señor Wix había estado considerablemente ausente de los progresos de su esposa, y Maisie jamás fue llevada a visitar la tumba de éste.


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