Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Susan, según supo la niña poco después, fue invitada a participar en este acto de restitución con el soberano del cual se había apropiado; pero se traslució un elevado apego a su tesoro cuando afirmó privadamente ante Maisie que había un límite para la forma en que los demás podían «manejar» a servidora. Ante la señora de Beale Maisie había detallado pormenorizadamente todo lo ocurrido la noche anterior; mas ahora se halló convertida por parte de la indignada sirvienta en receptora de observaciones que constituyeron otros tantos testimonios de las propias omisiones de aquella dama. Una hizo referencia a la extraordinaria hora —las tres de la mañana, si es que tenía interés en saberlo— a que había regresado a casa la señora de Beale; otra, espetada en un tono respecto del cual el espíritu crítico de Maisie siguió expresándose de un modo intensamente tácito, describió su petición como un «chanchullo», una «jeta», tal como jamás había visto servidora en toda su vida; una tercera abordó algo vigorosamente la cuestión de las sumas enormes debidas a todos los miembros de la servidumbre, cualesquiera fuesen sus estipuladas funciones, en concepto de trabajos extra y atenciones no tenidas en cuenta. De hecho, durante varios días la conciencia de nuestra pequeña se vio anegada por la aprensión engendrada por lo mucho que tardaba en extinguirse la indignación de la sirvienta. Dichos días se habrían tornado tan horroríficos como los de la Revolución aprendida de memoria en los libros de Historia si finalmente hubiesen desembocado en una insurrección en la cocina; y para intensificar esa perspectiva ella tuvo, escrutando la mirada de Susan, más de una vislumbre del modo como se fraguan las Revoluciones. Escuchar a Susan equivalía a inferir que la chispa aplicada a la materia inflamable y que ya estaba haciéndola chisporrotear había resultado consistir en que a servidora la habían llamado vil ratera sólo por negarse a desprenderse de lo que legítimamente le pertenecía.