Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía El hecho que confirió carta de nobleza a esta tensión fue, al quinto día, que la tal tensión pareció en realidad haber tenido que ver con una asombrada percepción por parte de nuestra protagonista de que apenas debido más a las energías de Sir Claude que a las de Susan poco después del desayuno ya la habían trasladado desde Londres hasta Folkestone y alojado en un precioso hotel. Estos actuantes, ante su estupefacta mirada, se habían conchabado para llevar a cabo la aventura y para prestarle el aire de deber su buen éxito a que la señora de Beale, como dijo Susan, había salido hacía sólo un instante. Cuando Sir Claude, reloj en mano, hubo acogido este hecho con la exclamación: «¡Entonces haz tu equipaje, señorita Farange, y vente con nosotros!», a continuación se había producido por las escaleras una serie de ejercicios gimnásticos de una índole capaz de lograr que el corazón de la señorita Farange acabara en la boca de la señorita Farange. Se acomodó con Sir Claude en un carruaje de cuatro ruedas mientras él seguía consultando el reloj; lo consultó más tiempo que cualquier médico que hasta la fecha le hubiese tomado a ella el pulso; el suficiente tiempo para ofrecerle una visión de algo semejante al éxtasis de desaprovechar tamaña oportunidad de mostrar impaciencia. El éxtasis se había iniciado en el cuarto de dar clases mientras ella estaba enfrascada en la Berceuse, casi exactamente igual que la pregustación experimentada aquel día, no mucho tiempo atrás, en que Susan había subido jadeante y ella misma, apenas se sintió comparada a una duquesa, se había apresurado a bajar; pues ¿qué perjuicio, en tal caso, había habido en abatimientos y decepciones si ella aún podía disfrutar, siquiera excepcionalmente, de la sensación de que le «anunciaran» tan querido nombre? No se le había olvidado que su padre le había vaticinado que un día iba a encontrarse de patitas en la calle, pero con toda seguridad ello no iba a ocurrir este mismo día, y se sintió justificada en su preferencia manifestada ante aquel progenitor en cuanto su visitante hubo puesto en movimiento a Susan y posado su mano, mientras ella aguardaba junto a él, gentilmente sobre la de ella. Era lo mismo que, en los Jardines de Kensington, había hecho el Capitán: la situación en que ahora ella se encontraba le recordó ligeramente la de entonces y renovó su vago estupor ante el modo como, desde el principio, semejantes amabilidades y atenciones le habían dado la sensación de ser consecuencias y signos de cosas que concernían a otras personas e incluso hasta cierto punto de la disminución o agudización de las dificultades de éstas. Las cosas que la habían decepcionado y las que la habían amedrentado durante la noche de la Exposición se disolvieron ahora por igual en la impresión de que cualquier «sorpresita» con que en este momento estuviera a punto de obsequiarla Sir Claude, sería demasiado grande para manifestarse toda de una vez. Cualquier temor que pudiera nacer del hecho de que él parecía estar excluyendo a su madrastra, se vio mitigado gracias al imperativo de una regla general: la extraña verdad consistente en que si actualmente la señora de Beale nunca salía o entraba sin hacerla pensar en él, en modo alguno ocurría, en compensación, que el rasgo primordial de la renovada presencia de él fuera hacerla pensar en la señora de Beale. Estar con Sir Claude significaba pensar sólo en Sir Claude, y esa ley gobernó los pensamientos de Maisie hasta que, con un súbito bandazo del carruaje, que por fin había acogido a Susan y a un buen montón de maletas y casi había llegado a la estación de Charing Cross, extrañamente volvió a asomar en su confusa mente la desde hacía tanto tiempo perdida imagen de la señora Wix.