Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Ello fue singular, pero a partir de tal momento ella comprendió y siguió: siguió con la sensación de que se estuvieran llenando todas las lagunas creadas por aquellos síntomas de evasión y de fuga. Su éxtasis era algo que tenía en aún mayor grado una cara que una espalda que volver: una mirada fija en la señora Wix incluso después de la ligera sorpresa de no encontrársela, conforme progresó el viaje, ni en la estación de Londres ni en el hotel de Folkestone. Hicieron falta pocos instantes para que la niña fuera consciente de que aunque la señora Wix no estuviera en ninguno de aquellos lugares, por lo menos sí estaba en algún otro. Todo el tiempo Maisie había sabido demasiado, pero nunca tanto como lo que iba a saber a partir de ahora y lo que en especial supo durante el par de días que debió permanecer suspendida en el aire, por así decirlo, sobre aquel mar que representaba, con su brisa y su color azul y el encanto del verano, una travesía mucho más amplia que la del Canal. En este periodo le fue dado llegar a adivinaciones tan complejas que yo no dispondría de espacio para mi propósito si tratase de seguirla paso a paso; respecto de lo cual, por consiguiente, debo contentarme con precisar que aun la más completa pintura que pudiera hacerse del proceder de Sir Claude sólo ofrecería una pálida y borrosa copia de la imagen que del mismo se formó su amiguita. Abruptamente, aquella mañana, él se había entregado a poner en práctica la idea que durante semanas le había estado insuflando la señora Wix siguiendo una línea de ataque que con excepcional habilidad esta mujer había evitado que quedara enredada en la fina telaraña constituida por las relaciones de él con la señora de Beale. El aliento de la sinceridad de la señora Wix, soplando sin tregua, lo había inducido a aquella huida en la que, hasta el grado que ya he descrito, también había sido trepidantemente involucrada Maisie. Se trataba ni más ni menos que de la intrépida maniobra de abandonar tanto a la señora de Beale como a su propia esposa: de marcharse enseguida con la niña a tierras extranjeras lo bastante lejanas como para ayudar a hacer realidad el sueño de la señora Wix de verlo arrepentirse de sus descarríos y redimir sus fechorías. Constituiría un sacrificio —bajo una mirada a la cual no se le escaparía ni el más tenue matiz— en pro de lo que incluso los extraños huéspedes que milady recibía en los antiguos tiempos habían denominado el verdadero bien de la pequeña infortunada. En la mente de Maisie se albergó una sospecha de muchas cosas que, durante la última larga temporada, habrían pasado de un modo confuso, pero harto sincero, por la mente de él: una vislumbre, casi sobrecogida en virtud de su agradecimiento, del milagro obrado por la vieja institutriz. A este respecto aquella modesta criada no habría podido resultar más impresionante —aunque fuera contemplando sus acciones indirectamente— si hubiese sido una profetisa con un manuscrito desenrollado o alguna ferviente abadesa hablando por boca de la Iglesia. Día tras día se había mantenido pegada a su maleable amigo, influyendo en él con profunda, concentrada pasión, haciendo absolutamente todo lo posible por convertirlo al bien, y moldeándolo de guisa que finalmente él había aprovechado su hermosa oportunidad. Que dicha oportunidad no era un espejismo quedaba suficientemente garantizado por el modo claro en que él había terminado viendo que, en caso de que pasara a la acción, no armarían ninguna clase de bronca ni Ida ni Beale, a quienes, cada uno por motivos distintos, todo aquello convendría en grado sumo.


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