Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Ello suena, no cabe duda, demasiado penetrante, pero el caso es que no se debió en absoluto a confesiones de Sir Claude el hecho de que Maisie fuera capaz de reconstruir la singularidad del especial influjo gracias al cual, durante aquellos intervalos, él había ido regenerándose a base de mantener aislados de todos sus demás intereses, en la medida de lo posible, sus intereses amorosos. Por supuesto ella siempre tenía en la mente más bien sensaciones que palabras, pero fue precisamente gracias a esta desventaja como consiguió ahora entender que las ausencias de su compañero habían tenido por motivo que era el amante de su madrastra y que en buena lógica el amante de su madrastra apenas podía aspirar a tener un gran derecho a ocuparse de ella misma. A estas alturas Maisie había aceptado la presuposición de que existía una especie de natural incompatibilidad entre amantes y niñas. De hecho fue precisamente esto lo que arrojó luz acerca del probable contenido de la nota a lápiz depositada sobre la mesa del vestíbulo de Regent’s Park y que le daría la bienvenida a la señora de Beale al regresar. Caprichosamente Maisie se lo figuró precautoriamente humorístico de tono, aun cuando a su propio modo de ver el rostro de Sir Claude había exhibido al escribirla una seriedad nunca vista anteriormente si exceptuamos la vez que él la había montado en el carruaje cuando ella se había portado mal con él después de estar con el Capitán. En realidad podía sentirse turbado, pero seguramente, según el punto de vista de la niña, él habría amortiguado con alguna salida chistosa el trastorno provocado en el hogar de su padre al sustraer a una apreciada integrante de la servidumbre. No es que no hubiera una buena cantidad de cosas más que habían podido ser omitidas en la nota: una buena cantidad de cosas para las cuales era un alojamiento mejor el ingenioso cerebrito de Maisie, donde estuvieron pululando sin parar y ocasionaron que la primera visión de Folkestone se difuminara en una vaguedad de colores y sonidos. En medio de esta mezcolanza se tornó claro que ahora su padrastro no tenía nada que tomar en cuenta salvo su embrollado vínculo con la señora de Beale. ¿Acaso no se había desembrollado finalmente de cualquier otra persona o cosa? El obstáculo a esa ruptura a que lo había urgido la señora Wix en aras de su propio bien espiritual, estribaba sencillamente en que él estaba enamorado, o más bien, para expresarlo con mayor exactitud, en que la señora de Beale no le había dejado ninguna duda sobre el grado hasta el cual lo estaba ella. Lo estaba hasta el grado de haber logrado durante un tiempo hacerlo someterse a su dominio sentimental e incluso hasta cierto límite a la idea de que con un poco de diplomacia y un mucho de paciencia aún podrían hacer muchas cosas juntos. Ni siquiera estoy en condiciones de asegurar que Maisie no se hubiera apercibido de hasta qué punto, a este respecto, la señora de Beale estaba muy lejos de compartir la casi insuperable renuencia que él sentía a dejar respirar a su pequeña hijastra el aire de la crasa irregularidad de ambos: la opinión de él, en suma, de que debían o bien cesar de ser irregulares o bien cesar de ser paternales. Su pequeña hijastra, por su parte, había adoptado desde hacía tiempo el parecer que en una ocasión la mismísima señora Wix no había considerado imperdonablemente pecaminoso: el parecer de que a fin de cuentas ella se sentía, en cuanto pequeña hijastra, espiritualmente a sus anchas en atmósferas aterradoras de analizar. Si la señora Wix, empero, aterrada hasta el límite, ahora se había decantado por las medidas drásticas, Maisie, como ya he sugerido, estaba asimismo en condiciones de entender perfectamente tanto las razones de las mismas como las muy distintas razones de que dicha mujer no hubiera hecho, al menos de momento, su aparición personal en escena.