Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

¡Oh, decididamente nunca lograré que den ustedes crédito a la cantidad de cosas que ella comprendió y la cantidad de secretos que descifró! Por qué diantres, sin ir más lejos, no supo ocultarle Sir Claude —excepto siguiendo la hipótesis de que no le interesara— que, si bien se miraba y en la medida en que era cuestión de intereses transferidos, él tenía sobre ella tantísimos derechos como su madrastra, por no hablar de un derecho que la señora de Beale no estaba en condiciones de disputarle. De todos modos él no exhibió ningún competente enigmatismo que lograra impedir que ella, una vez que ambos principiaron a mirar hacia Francia, hiciera hipótesis incluso sobre todas aquellas cosas cuya explicación había resultado tan dificultosa en tanto que características de los felices días del ayer: sus paseos y expediciones juntos en los hermosos tiempos mejores que siguieron al instante de su primer encuentro. Nunca anteriormente ella había tenido semejante sensación de haberle dado a él la clave para conducir del modo más feliz sus mutuas relaciones, o de que él le estaba agradecido a ella por su capacidad de abordar las coyunturas desde el ángulo más cómodo. En verdad ella le salió al encuentro hasta en el preciso problema que más incómodamente involucraba a la señora de Beale: el de los feroces celos de esta dama y la necesidad de mantenerle en secreto durante el mayor tiempo posible el hecho de que la pobre señora Wix seguía ejerciendo su influencia. Sí, ella también le salió al encuentro respecto de lo incontestable de la circunstancia de que, puesto que su madrastra no se había topado con nadie más de quien sentir celos, había compensado tan crasa privación encauzando tal sentimiento hacia cierta influencia espiritual. Con un guiño del ojo Sir Claude pareció absolutamente dar a entender que una influencia espiritual capaz de hacer tomar una decisión era a fin de cuentas una influencia espiritual expuesta a que alguien le arrancara los ojos; y que, siendo así el caso, había una persona a quien ellos dos no podían permitirse dejar desprotegida sin antes haber averiguado con mayor claridad las intenciones de la señora de Beale. Maisie, cierto es, no necesitó comentar verbalmente, en el comedor, a la hora del almuerzo: «¿Qué puede hacer la señora de Beale sino venir a reunirse contigo en caso de que papá dé un paso que legalmente equivaldrá a un abandono de hogar?». Tampoco necesitó él, en respuesta, expresar en tales momentos otra cosa que su alegría por haber encontrado una mesa junto a una ventana desde la cual, mientras degustaban carne fría y Apollinaris[21] —pues él había insinuado que debían ahorrar lo más posible—, ambos podían dejar que su mirada se demorase con ternura sobre los distantes acantilados blancos que para los atribulados ingleses han implicado tan a menudo una promesa de seguridad. Maisie se dedicó a mirarlos fijamente como si tras unos instantes lograra de veras discernir apoyada en ellos una querida figura grotesca: una figura respecto de la cual ya tenía la perspicaz sensación de que, dondequiera que se apoyase, sería indiscutiblemente la más insólita jamás vista en Francia. Pero era por lo menos tan apasionante sentir dónde no estaba la señora Wix como lo habría sido saber dónde sí estaba, y si ni siquiera estaba en Boulogne ello no hizo sino espesar la emoción.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker