Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Aunque aquel día no se iba a ver a la señora Wix, empero, el atardecer quedó marcado por una aparición ante la cual, pese a todo, el extremado suspense replegó sus alas en el acto. Tranquilizando su respiración y concentrando, con la mirada baja, toda su atención en la elegancia de su propio vestido y de sus encajes, debido a la cual reflexionó que no había apelado en vano a una lealtad que en Susan Ash había triunfado sobre todas las hermosas pertenencias que en su alocada carrera habían dejado detrás de ellas, Maisie pasó sentada en un banco del jardín del hotel la media hora anterior a la cena, esa misteriosa ceremonia de la table d’hôte para la cual se había arreglado con jadeante puntualidad. Sir Claude, a su vera, estaba consagrado a un cigarrillo y a los periódicos de la tarde; y aun cuando el hotel estaba al completo, el jardín mostraba ese especial vacío que suele anteceder al sonido del gong. Ella ya casi había tenido tiempo de aburrirse del escenario humano; en todo caso su propia humanidad, en la forma de un tizne en su faldita, la absorbió tanto rato que en cuanto alzó los ojos su mirada se posó sobre un largo ropaje de gran calidad que volvía bochornoso cualquier tizne y que había avanzado resplandecientemente hacia ella sobre el césped sin que ella advirtiera su rumor. Ella recorrió de abajo a arriba aquel enhiesto esplendor —subiendo y subiendo desde el punto del suelo donde se había detenido— hasta que al final de un recorrido considerablemente largo su atención fue conmocionada por la cara inmóvil que, en la cúspide de aquel ropaje, semejaba representar la apoteosis de la acción de llevar un atuendo.


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