Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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—Soy buena: estupenda, demencialmente buena. Pero eso no volverá a servirte de nada a ti, y si he renunciado a pelearme con él, y también contigo que eres la responsable de la mayor parte de las dificultades entre nosotros, es por razones que uno de estos días llegarás a entender con todo lujo de detalles: uno de estos días en que espero que te darás cuenta de lo que significa haber perdido a tu madre. Estoy tremendamente enferma pero no debes preguntarme nada sobre ello. Si no me marcho a otro entorno mi médico no responde de las consecuencias. Se maravilla ante todo lo que he debido soportar: sostiene que todo eso me ha caído encima porque nací para sufrir. Estoy pensando en irme a Sudáfrica, pero esto es un asunto que no te incumbe. Debes hacer tu elección: no tienes derecho a hacerme preguntas si estás tan dispuesta a repudiarme. No te contestaré, no: habrás de enterarte tú solita. Sudáfrica es maravillosa, dicen, y si por fin marcho allí será con todas las consecuencias. No pueden darse las dos cosas a la vez: si él se queda contigo, ya sabes, se queda contigo. Me he empleado por ti hasta el fondo; no puedo seguir yendo en tu pos eternamente. Ya no me queda más remedio que vivir mi propia vida, mientras mi cuerpo aguante. Estoy muy, muy enferma; estoy muy, muy cansada; estoy muy, muy resuelta. Ahí lo tienes. Saca el mejor partido de tu posición. Tu vestido está demasiado cochambroso; pero a lo que yo he venido aquí es a sacrificarme. —Maisie contempló las partes maculadas de su vestido: había instantes en que para ella era un alivio poder bajar la mirada, aunque fuera sobre cosas tan cutres. Todas sus entrevistas, todos sus calvarios con su madre, conforme se había ido haciendo mayor, habían parecido tener, más que ninguna otra, la dura característica de ser largos; pero más largos que cualesquiera otros, extrañamente, le resultaron estos instantes que se le presentaban como el pacífico y agradable epílogo a sus relaciones. Fue su propia ansiedad lo que los hizo largos: el temor que sentía ante la interposición de algún obstáculo, alguna detención de la corriente, uno de aquellos famosos cambios de humor de milady. Contenía la respiración: tan sólo deseaba, cediéndole la ventaja a la visitante, que aquel rato concluyera. Pero precisamente su ansiedad hacía que por momentos toda la situación le diera vueltas: había cosas que Ida estaba diciendo y que tal vez ella no oía, y había cosas que ella oía que tal vez Ida no estaba diciendo—. Tú eres todo lo que tengo, y sin embargo soy capaz de hacer lo que estoy haciendo. Tu padre desearía que estuvieses muerta: sí, querida, eso es lo que desearía tu padre. Deberás acostumbrarte a ello igual que lo he hecho yo: quiero decir, a su deseo de que yo estuviese muerta. En todo caso ya has visto por ti misma lo bien que acabo de tratar a Sir Claude. Él también desearía que yo estuviese muerta; ¡y estoy segura de que si el hacerme escenas a propósito de ti hubiera podido asesinarme…! —Era propio de la elocuencia de Ida perseguir más liebres de las que podía atrapar, y no le dedicó más que un breve vistazo a ésta; prosiguió con el comentario de que la mejor prueba de que con su marido ella se había comportado como un ángel era que él acababa de marcharse a hurtadillas para no tener que sentirse insuperablemente avergonzado. Habló como si él se hubiera retirado de puntillas, tal como habría podido marcharse de un lugar de culto donde su propia presencia fuera indigna—. Nunca llegarás a saber lo que he pasado por ti… nunca, nunca, nunca. Te lo ahorraré todo, como siempre lo he hecho; si bien seguramente sabes cosas que, si por mí fuera (quiero decir, si yo las supiera), me empujarían a… bien, ¿qué más da? En todo caso ya eres lo bastante adulta para saber que hay un buen montón de cosas que nunca he dicho y que fácilmente podría decir; y eso aunque me haría bien, te lo aseguro, desahogarme al menos por una vez en la vida. No voy a hablar de la infame esposa de tu padre; eso puede darte una idea de cómo os dejo escapar indemnes. Cuando digo «os», incluyo a tus adorados amigos y protectores. Si no haces justicia al hecho de que me abstengo, por delicadeza, de mencionar, como último detalle, en lo referente a tu padrastro, uno o dos pequeños hechos de ésos que bastaría mencionar para que en comparación yo reluciera, pese a todas las calumnias, como los chorros del oro… ¡si no me haces esa justicia, está visto que nunca me harás ninguna!


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