Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía A estas alturas el deseo que Maisie tenía de demostrar cuánta justicia le hacía se había vuelto lo bastante intenso como para engendrar una inspiración. El gran efecto de aquel encuentro había sido confirmar su sensación de que ahora navegaba en el mismo barco que Sir Claude, hacer rica y plena dicha sensación más allá de cuanto hubiese soñado, y ahora todo se confabulaba para sugerir que un único ligero toque de su manita completaría la buena labor realizada y haría zarpar a milady tan rauda y mayestáticamente como para dejar la ruta marina expedita para el día siguiente. Tal era el caso tanto más cuanto que durante unos instantes su manita había quedado libre gracias a una llamativa maniobra de las dos manos de su madre. Una de estas caprichosas extremidades había hurgado con visible impaciencia en algún profundo revés del ropaje y enseguida había reaparecido asiendo un pequeño objeto. Este acto tenía trascendencia para una personita entrenada, a ese respecto, desde muy corta edad, en no perder de vista los movimientos manuales, y sus posibles consecuencias no quedaron eclipsadas por el recuerdo del puñado de oro que Susan Ash no creía que nunca, nunca hubiera devuelto la señora de Beale —«¡no ella: es demasiado falsa y avarienta!»— a la munificente Condesa. Haber adivinado, pese a ello, que el monedero de milady podía ser el objeto concreto extraído de entre los rumorosos pliegues… en el acto tal sospecha imprimió a la mirada de la niña una dirección cuidadosamente alejada. Y contribuyó, aparte, al optimismo que por un momento fue capaz de agitar la superficie de su hábil diplomacia, agitarla hasta el extremo de hacerla olvidar que su seguridad siempre había dependido de su hacerse pasar por estúpida. En resumidas cuentas ella olvidó su habitual precaución al obedecer el impulso de interesarse por los problemas de milady y de demostrarle a milady cuán perfectamente los entendía. Sin necesidad de mirar vio que su madre abría un diminuto cierre; sin desearlo, oyó el seco chasquido del portamonedas del cual había sido extraído algo. De qué se trataba, no logró verlo; pero no se trató de nada tan abultado que no pudiera mantenerse fácilmente oculto entre los dedos de milady. A Maisie nada le era menos ajeno que el arte de pensar en varias cosas a la vez, conque ahora fue simultáneamente capaz de decir lo que deseaba decir y de sopesar, en lo referente al objeto en la palma de la mano de su madre, la posibilidad de que fuese un soberano frente a la posibilidad de que fuese un chelín. No bien hubo empezado a hablar cuando se dio cuenta de que dentro de unos pocos segundos habría quedado aniquilado este dilema: torpemente había abortado en germen las inminentes palabras del pequeño discurso de presentación de un obsequio, discurso al cual, dadas las circunstancias, debía prestarse aun un orgullo tan exacerbado como el de Ida. Lo había abortado para siempre; esto fue lo siguiente de que se percató; la nota que hizo sonar había conferido a la mirada de su compañera una expresión que bastante rápidamente se apareció como reñida con cualquier obsequio: